UN CUENTO DE INVIERNO
Mylene Fernández
 
 
La nieve no está tan sucia, se ve que han caminado pocos por esta parte del bosque. Hunde el pie una y otra vez, la nieve resbala por la punta del zapato y cuando la sacude, cae como una pequeña lluvia. “Terminarán por mojarse tus zapatos” es la frase que él habría dicho. Apoyando las manos en el banco, ella balancea los pies.
 
Hay pinos y abetos y cipreses y ciervos y ardillas. Hay nieve, mucha y blanquísima. Está el banco de madera y ellos dos. Él inmóvil, ella balanceándose y esparciendo la nieve con los zapatos casi mojados.
 
De repente piensa que quizás debería tomarle la mano y besarlo, en la cara o en la cabeza. Algo que rompiera este silencio tan cómodo para ella y tan embarazoso para él. Él está esperando una señal. Ella piensa que él no es muy listo y podría malinterpretar cualquier gesto. Tiene que ser muy cuidadosa.
 
Podría decir alguna frase. La frase debe ser también muy cuidadosa.
 
Porque antes de este silencio han pasado muchas cosas.
 
La primera de ellas fue la Navidad. Llegó cuando no la esperaban, estaban muy ocupados y se dieron cuenta bastante tarde. Los regalos fueron escogidos con prisa, entregados con culpa y recibidos con reproches en los ojos y las manos.
 
Él preparó la cena, ella puso la mesa. Cenaron mientras conversaban de un tema profundo que nada les importaba. Luego bebieron vino arrellanados en el sofá, distantes unos pocos centímetros.
 
Ella piensa que podría levantarse a lavar los platos, sería una buena excusa para no quedarse uno al lado del otro sin tocarse. Podría ir al baño a vomitar de mentiritas, llamar por teléfono a una amiga para felicitarla o decir que de repente se le ha ocurrido una idea que no puede dejar escapar y debe sentarse a escribir ahora mismo, en medio de la noche del 24 de diciembre, como si su nuevo texto fuera un nuevo Niño Jesús y debiera nacer este día.
 
Opta por esto último. Él sonríe, no se esperaba una razón tan especial. Ella se sienta frente al ordenador y mira la pantalla en blanco. Escribe que no se le ocurre nada, sólo el blanco y el silencio. Luego piensa en la nieve y escribe que está en el bosque removiendo la nieve con los zapatos en medio del silencio, que él está a su lado y que no sabe si debe tocarlo o hablarle.
 
Casi está escribiendo de verdad. Como las noches en las que se hace la dormida y de tanto fingir sin fisuras, termina durmiéndose.
 
Suena un villancico, Blanca Navidad. Esto merece al menos una sonrisa. No sabe de dónde puede haber sacado esa música tan estúpida que la hace tan estúpidamente feliz. ¿Habrá comprado un disco de esos de temas navideños? Merece una sonrisa pero la sonrisa romperá el silencio y ella no podrá más hacerse la que escribe sobre el silencio.
 
Sonríe.
 
Él le propone pasar el fin de año en el hotel del bosque. Estará todo nevado y se alejarán del ruido de la ciudad. Tendrán nieve y silencio.
 
Ella asiente y mira lo que ha escrito. Sin darse cuenta lo ha borrado y la pantalla es de nuevo blanca. Ya no importa, esta vez no llegaría el momento de escribir de verdad.
 
Fingen dormir sobre las sábanas blancas. La cama es enorme como una gran llanura, las almohadas son como dos montañas. El techo es inmensamente blanco. Como las baldosas del baño, la bañera, las toallas y ella misma.
 
El día siguiente fue de mucho ruido. Jornada con familiares y amigos de abrigos oscuros, bufandas y guantes de colores, de palabras y risas comunes, lanzadas y escuchadas en el coro alrededor de la mesa del bar.
 
Se quedaron hasta el final para no quedarse a solas con ellos mismos. En silencio regresaron a la casa y prepararon las maletas.
 
Antes de la partida, ella se sentó frente a la pantalla blanca del ordenador y escribió que finalmente decidió tocarlo, le pareció más delicado e infalible. Las palabras habían errado el camino tantas veces que no quiso arriesgarse a dejarlas caer como la nieve de los zapatos. Le tomó la mano, le gustaba esa mano robusta, demasiado redonda. La estrechó entre las suyas, largas y delgadas. Él no la retiró. Objetivo logrado, había sido cuidadosa. Pensó si debía besarle la mano, pero él podría malinterpretar el gesto, así que la dejó un rato encerrada, sin acariciarla.
 
Cuando él posó su mano sobre la de ella, en la pantalla aparecieron muchas letras inconexas y luego desapareció el texto. La pantalla quedó de nuevo en blanco y ella se durmió pensando que alguien debía decir algo en esa historia aunque los diálogos no eran su fuerte.
 
No hablaron durante el viaje. Miraban por la ventanilla. Todo era tan blanco, tan silencioso, tan detenido. Llegaron al hotel de habitaciones decimonónicas y jardines cubiertos hasta la próxima primavera. Nevó toda la noche.
 
Desayunaron y salieron a pasear por el bosque. Se adentraron, escogieron senderos estrechos y poco transitados. No había que hablar, bastaba con mirar el suelo blanco, los árboles cubiertos, la quietud de estatua de cada rama. Hasta que apareció, en un recodo, el banco. La meta, el final del viaje.
 
Él comienza a hablar, ha fabricado las frases en estos días de tanto silencio. Son perfectas, es una pena que no escriba.
 
Recomienza el silencio, ese tan incómodo para él, tan cómodo para ella. Hunde los zapatos en la nieve, él no dirá nada más. No hablará hasta que ella dé una señal. Ella piensa que debe escoger el gesto. O la palabra, pero siempre se le han dado mal los diálogos.
 
Entonces toma la mano de él entre las suyas. El gesto no ahuyenta la mano robusta, que descansa entre las delgadas de ella. Pero sabe que no basta, que debe decir algo, que debe escoger las palabras. Que debe ayudarlo sin darle falsas pistas.
 
Entonces habla. Despacio como nunca, como si estuviera pensando en otro idioma. Parece que lo logra, logra que él la abandone sin sentir demasiada pena o demasiada culpa. Ahora es eso lo que importa, luego verá qué hacer con ella misma.
 
Logra no llorar, sería incómodo para él, se sentiría muy mal. Logra culparse a sí misma. Inventa que comparte toda las razones, los deseos de un después a solas. Logra que parezca que estaba por proponerlo ella. Y luego se pregunta por qué no se le ocurrieron todas estas palabras frente a la pantalla blanca. Se pregunta si la vida real es más importante que la propia.
 
Terminarás por mojarte los zapatos.
 
LATINO ARTISTS ROUND TABLE