LA ÚLTIMA PRUEBA
Raimundo Méndez Canseco



Era cierto que los pájaros me miraban. Habían elegido la rama más próxima a mi ventana. Lo hicieron porque yo estaba allí y también por la bolsa de plástico basura que colgaba del trueno como un fruto. La bolsa de plástico mantendría oculto al nido. Allí empolló la pájara. Ahí nacieron los críos. Desde ese refugio me vieron mirarlos, los ojos de éste que parecía observar afuera y sólo soñaba. El sonámbulo.
Así es como busco sexo. Siempre aparece un hombre dispuesto en estos salones de conversación de la internet. Uno busca el sexo que el otro quiere. Siempre encuentro a un hombre mayor de cuarenta años que prefiere estas ventanas anónimas, donde yo juego al azar.
Todos los hombres que he conocido a partir de la internet son hermosos. Son hermosos porque son personas. Las personas sienten, por más dura sea la máscara que usen. El pretexto para abordarlos es el sexo. Encuentros imprevistos, inmediatos todos. El acceso a los cuerpos es pronto. Luego me basta mirarlos fijamente a los ojos y esperar a que coincidan con los míos, y ahí aparecen, descubiertos, sintiéndome en su talón de Aquiles: dejándome mirar por ellos. Entonces todo les es más sencillo. Desaparece la tensión que causa la exigencia de placer desmesurado, se esfuma la pulcritud, esa férrea disciplina higiénica. Sudan. Nunca dejo de sonreír. Incluso cuando pierden el control de sus esfínteres. Es humano emocionarse. Me lo digo a mí. Sin embargo, saben que no seré ese compañero que buscan. Son hombres maduros. Huelen mi calaña.
Hasta hoy, la relación en pareja no me ha funcionado. Será que ese coctel de anfetaminas al que muchos llaman amor me dura corto. A veces lo induzco, invitando a un hombre a pasar una noche en casa conmigo. Las sustancias químicas sinergizan la seducción. Naturales, endógenas, cual deseas… La empatía generada durará cuando mucho un mes.
La última prueba me la hice hace seis años. Vivir como recomienda la ciencia médica, haciéndose pruebas cada seis meses como profilaxis, equivale a jugar a la ruleta rusa. Si algún día el mal se manifestara en mí elegiría mi autopista favorita. Pista de despegue, el destino es un valle tropical a cuyo fondo un volcán exhala aires domésticos. Yo, dentro del auto, deambulo en la música.
Los gusanos no podrán corroerme. Mi cadáver los evadirá.

I

Sé de historias que no me interesa conocer, pues al parecer se trata casi siempre de las mismas. Las historias que me cuentan algunos hombres con los que charlo vía internet. Llegan a sus casas, encienden el televisor. Tienen a la mano fotografías que no se borran de sus mentes. Son hombres de la nostalgia. Hombres que se duermen en la vida. He charlado con algunos de ellos también en la vida real. Al más reciente lo conocí en la calle, una medianoche. Miraba con recelo. Sabía que yo le gustaba, pero no se podía permitir el gozar de otro. Dijo no a la propuesta inicial de ir juntos a su cama. Tras dejarlo, manejé mi bicicleta a alta velocidad, rumbo a casa, en busca de otro. Me siento como un animal que sólo busca saciar sus instintos. Soy ese bruto que sopesa las carnes que devorará. Soy de ésos que nunca llamarán de nuevo, a menos que la primera experiencia haya sido buena. Los que aceptan repetir saben que no seré su amigo, pues pasado el orgasmo me alejo. Sin apetito sexual la carroza se vuelve calabaza. Esas son mis cenizas. Se las lleva el viento, como las de todos los demás.

II

La historia de mi familia es triste. Como la de muchas familias que he conocido. Como una de tantas. Tengo amigos que vivieron historias tristes con su familia. Que aún las viven. Era obligatorio saber de fútbol porque eso era propio de los hombres, como obligatorio el agradecer las reprimendas y los golpes. Sagrado el padre, sagrada la madre. Sagrada pareja que escondía sus revanchas. En mi familia el amor tenía connotaciones que ahora me parecen extrañas. Por amor se ocultaban hechos, se callaba, se desconfiaba de los otros. Por amor al otro uno debía guardarse las dudas y hacerse heridas.
Un día desperté y mis padres habían muerto. Mis hermanos andaban desperdigados en el mundo, tratando de alejarse el uno lo más posible del otro. Al otro día, tras volver a despertar, supe por qué no quería verlos. Me vi al espejo y me miré con la boca amordazada. Mis dedos carecían de las yemas con las que se toca al otro. Podía verme, aunque aún hubiera restos del hilo con que mis ojos fueron cosidos. Todos llegamos a ser cómplices dentro de la familia. Todos nos guiñábamos un ojo mientras nos mutilábamos.
La sagrada familia mexicana. Núcleo de una sociedad amordazada. El Papa la bendice (para que así permanezca). 


***
Raymundo Méndez Canseco nació en 1969 en Oaxaca y reside en la ciudad de México. Ha publicado en diversas revistas de literatura de México y en 1991 publicó un libro de cuentos titulado La piel del desierto, editado por la editorial Tierra Adentro (México). Durante nueve años dejó de escribir, y retomó la escritura en el año 2000. Tiene dos novelas cortas inéditas, La tesis doctoral, y El último instante. 

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