EL AGUACATE
Marithelma Costa

a Consuelo Vázquez de Parga
desde el Parque Central de Nueva York


Ayer me sucedió algo de lo más curioso. Había leído en el periódico que las tiendas Macy’s lanzaban una venta especial por fin de temporada. Y como le he cogido el gusto a las cremas hidratantes, reservé la tarde para ir de compras. El calor húmedo del día me impidió ponerme uno de esos modelitos fabulosos con los que suelo intimidar a las vendedoras. Por ello, escogí un conjunto sencillo de cuadros blancos y rojos que hacía juego con la cesta de mimbre que me compró mi marido cuando fuimos de vacaciones a Florida. Con aquel vestido más bien campestre y por supuesto, un maquillaje veraniego impecable, salí de casa y me fui dando un paseo hasta Midtown.

Antes de entrar, me comí un helado de chocolate con almendras de Häagen Dazs ya que, como tú bien sabes, para practicar nuestro deporte favorito es imprescindible que una se sienta enérgica y decidida. Lo compré justo al frente de los almacenes. Después de zamparme el helado, que como habrás comprobado, siempre los sirven camareros de menos de dieciocho años, me limpié bien la boca, me apliqué de nuevo el crayón, y crucé la avenida como una reina de belleza. 

Aunque el calor intentó ajarme el maquillaje, al entrar en el establecimiento me recompuse. En el vestíbulo principal me pareció percibir una fragancia que hacía recordar la bergamota, pero no le hice mucho caso. El decorador de la primera planta siempre está buscando nuevas sensaciones para sus clientas y probablemente aquel aroma representaba una táctica subliminal para seducirnos. Sin perder tiempo, crucé el vestíbulo, pasé por el cubículo de información, y, antes de meterme en la gran sala de los cosméticos, me dirigí hacia el departamento de las medias. Tenía el presentimiento de que esa tarde me iba a salir un cohete en el par de Guivenchy que me estaba estrenando, y quería estar preparada.

Para llegar a esta sección que, para la temporada de otoño, está lanzando una colección de medias color pastel que están divinas, tuve que franquear los mostradores de las colonias masculinas. Cuando estaba a la altura del de Giorgio Armani, se me acercó una vendedora de Shiseido con una cestita en la mano izquierda. Era la típica esthéticienne de esa línea japonesa: tenía el pelo sujetado en un moño, un maquillaje exquisito y un vestido elegante y oscuro. Siguiendo tu consejo de escuchar lo que dicen las representantes de esa firma, me detuve. Pero cuando estuvo a un par de pies de distancia, me di cuenta de que en lugar del tradicional frasquito de perfume, tenía en la mano un aguacate maduro. 

Con su sonrisa perfecta, su perfecto maquillaje y su perfecta dicción, aquella perfecta vendedora pretendía que yo sintiera la textura del aguacate que sujetaba muy cortésmente y como imaginarás, comenzaba a ponerse blando y caliente de tanto manoseo, o le metiera el dedo a las lascas que había colocado simétricamente junto a la pepa en su perfecta canastita. Una nueva estrategia de mercadeo, pensé. Los expertos de belleza de Shiseido descubrieron en los laboratorios nipones los beneficios del tropical fruto y decidieron compartir el hallazgo con sus clientas. Seguro que detrás de los arreglos florales y los maniquíes, hay una cámara escondida grabando mis reacciones. Como no me apetecía agarrar el aguacate caliente, ni ensuciarme las manos con los pedazos negruzcos que tenía en la cesta, después de hacer como que trataba de entenderla, musité un monosílabo incomprensible y me refugié en la sección de las medias.

Pasé allí un largo rato sin ningún contratiempo. Compré una docena color salmón que son un sueño y me dirigí decidida a la nave de los cosméticos. Entré por uno de los corredores laterales y cuál no fue mi sorpresa al percatarme de que de los mostradores de Clarins, Esteé Lauder y Christian Dior, salían vendedoras con bandejas en las que, en vez de presentar a la selecta clientela los últimos perfumes, cremas y lociones, lo que tenían eran montañas de batatas, racimos de guineos, pencas de bacalao, ñames, papayas y yucas. Y lo mejor de todo es que las clientas, todas señoras muy finas, no se quedaban chiquitas. A la mínima sugerencia de las vendedoras, se embarraban las manos con los guineos cocidos, le metían la nariz a los ñames y se untaban la cara con las yucas y el mojito. Como te podrás imaginar, yo estaba horrorizada; pero preferí no mostrar mi disgusto por el penoso espectáculo. 

Había ido a por un frasquito de crema para la noche hecha de estracto de magnolias, y todo el mundo andaba comprando paquetes de viandas, docenas de plátanos y racimos de quenepas. No me atreví a llegar al mostrador de Orlane. Si esa era la última tendencia en el campo de la perfumería, cabía la posibilidad de que en vez de mi crema favorita me metieran en el frasco medio kilo de garbanzos o un sancocho. 
Decidí marcharme de aquel mercado tan digna como había llegado. A empellones logré hacerme camino entre las cajas de mangós, kimbombós y nísperos que habían invadido los pasillos y, al llegar a la calle, me retoqué el maquillaje y lancé un suspiro.



El año uno


La fragilidad de nuestro pacifismo, de nuestro ecumenismo, de nuestro ateísmo. 
La inestabilidad de nuestro culto a la razón, de nuestro mens sana in corpore sano. 
La friabilidad de nuestro cuerpo ­ cremas hidratantes, espumas de baño, perfumes de vetiver, ese cuerpo que de un segundo a otro se achicharra, se carboniza.
La fragilidad de nuestro dolor, la volatilidad de nuestro duelo. 
La futilidad de nuestros pactos y de nuestras alianzas. 
Lo deleznable de nuestras múltiples historias de amor. 
Lo delicado de esa rutina que nos permite llegar de una hora a la siguiente.
Lo quebradizo de ese día a día que emprendemos bajo la absoluta convicción de que seguimos un orden constituido, de que el arriba arriba está y los cuatro elementos no son dieciocho.
La fragilidad de nuestras ideas, la precariedad de nuestras más íntimas convicciones. Según las listas que maneja la Cruz Roja, 500 puertorriqueños murieron cuando se desplomaron las dos torres. El Bieké o muerte de hace unos meses; el Nueva York o verte, hoy. 
El mundo ha dado un nuevo giro y vamos a la velocidad de la luz. Según los entendidos, se recomienda agarrarse a la butaca y tener los cinturones de seguridad bien abrochados. Bienvenidos, queridos sobrevivientes, al año uno.

***
Marithelma Costa nace en Puerto Rico y vive hace veinte años en Nueva York. Desde 1988 es profesora de literatura española en Hunter College y en el Graduate Center de la City University of New York. Es autora de dos estudios sobre poesía medieval (Antón de Montoro. Poesía completa [1990] y Bufón de palacio y comerciante de ciudad [2002]), de dos libros sobre el novelista puertorriqueño Enrique Laguerre: Enrique Laguerre: una conversación  [2000] y La llamarada: Una edición anotada [en prensa] y coautora de dos colecciones de entrevistas (Kaligrafiando [1990] y Las dos caras de la escritura [1988]).También ha publicado tres poemarios (De Al¹vión [1987], De tierra y de agua [1988] y Diario oiraiD [1997], y la novela Era el fin del mundo [1999].

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