El abuelo
Margarita Drago
 
Los domingos soleados de otoño y primavera solíamos ir a visitar a abuelita Mercedes. Cargados con bolsos en los que llevábamos carne, vegetales u otros alimentos, tomábamos el tranvía 14 que nos dejaba en Provincias Unidas y Córdoba, y de allí nos dirigíamos a casa de los abuelos. Otras veces, cuando no estábamos dispuestos a caminar tantas cuadras y andábamos de prisa, no nos importaba tomar el ómnibus y viajar de pie todo el trayecto porque el viaje era más corto, aunque no tan placentero como el del tranvía, donde viajábamos sentados y podíamos mirar por las ventanillas las calles arboladas de la ciudad.
 
En casa de abuelita, tías, tíos y primas estaban esperándonos; los hombres, listos para empezar sus partidos de truco, y las mujeres, dispuestas para preparar la comida y compartir largas y entretenidas charlas. Pasada la algarabía del encuentro, los saludos y los abrazos, cada uno sabía adónde dirigirse: los niños a sus juegos sin juguetes en el patio; papá, los tíos y mi hermano a la galería cubierta, para buscar un sitio en torno a la larga mesa de madera y comenzar su ritualístico partido, y las mujeres a la cocinita, donde abuelita nos consentiría a todas ofreciéndonos las primeras empanadas jugosas recién sacadas del horno.
 
En la cocina, mamá, tía Susana, tía Rita, tía Antonia, Mercedes, Susi y yo nos repartíamos las tareas: unas lavaban hojas de lechuga fresca, tomates y pepinos, y preparaban con abundante aceite la ensalada; otras picaban gran cantidad de cebolla y ajo para que abuelita hiciera la carne estofada, porque nadie como ella sabía combinar los condimentos con tanta precisión y exactitud. Las demás lavábamos y secábamos vasos, platos y cubiertos para preparar la mesa. Entre el chirriar del aceite hirviendo en las cacerolas, el golpeteo rítmico del cuchillo sobre la tabla de picar, el ruido de la loza y el metal, las voces comenzaban a exaltarse y se mezclaban con la risa contagiosa de tía Susana que no paraba de contar historias. El vapor que salía de las ollas y el humo que despedían las hornallas volvían difuso el ambiente de aquel espectáculo de olores, colores y sonidos.
 
Del otro lado de la cortina que separaba la cocinita de la galería, estaban reunidos los hombres envueltos en el humo de los cigarros, en una mesa donde había varias botellas de vino y ceniceros repletos de colillas y cenizas. A veces yo abandonaba el espacio de las mujeres porque me gustaba verlos, y más, porque me gustaba oírlos, sobre todo, cuando mareados por el vino comenzaban a inventar versos ingeniosos para desafiar a sus contrincantes de juego. Yo me sentaba al lado de mi padre, y aunque no entendía las jugadas, me sentía orgullosa de él y celebraba sus picardías y sus dichos ocurrentes e industriosos con un guiño o una mueca que él también festejaba. Entre risas y versos transcurría la partida de la que siempre salían airosos mi padre y tío Chacho.
 
Mientras las mujeres conversaban y preparaban la comida en la cocinita, los hombres se entretenían entre tragos y cigarros con el truco, y los niños atendían despreocupados sus juegos, el abuelo clamaba desde su cuarto y llamaba insistentemente a abuelita Mercedes. De vez en cuando, mamá, tío Ernesto o papá iban a atenderlo; le llevaban un vaso de agua, un jarro de mate cocido con leche y pan para calmarlo. No bien salían del cuarto, el abuelo comenzaba a dar gritos y golpes sobre la mesa con el jarro de aluminio, o a darse la cabeza contra la pared mientras reclamaba la presencia de la abuela. Cuando la voz ronca del abuelo se imponía desde el fondo de la casa, yo iba a verlo, y aunque no soportaba el olor a orines impregnado en el cuarto, me sentaba junto al camastro desvencijado donde por años estaba postrado, mientras le acariciaba la mano seca y le preguntaba si sabía quién era, si se acordaba de mi nombre. El abuelo se quedaba mirándome a los ojos y movía la cabeza en señal afirmativa, y enseguida abría su boca desdentada, y tratando de articular dificultosamente las palabras, me decía que tenía hambre y que no le daban de comer. A mí se me hacía un nudo en la garganta y salía a buscarle comida aunque sabía que después volvería a pedir pan a gritos desaforados. Muy pocos le hacían caso al abuelo, sólo mamá y tío Ernesto, los que le daban de comer, lo aseaban y le daban las medicinas. Los demás se habían vuelto indiferentes, y de todos, la que más ignoraba su presencia, sus reclamos y quejidos era abuelita Mercedes. Ella, tan sensible al dolor ajeno y tan solidaria con el desvalido, era impasible ante el dolor del abuelo.
 
Cuando caía la tarde y volvíamos a casa, con los gritos del abuelo frescos en la memoria, a mí me empezaba a invadir la angustia, porque sabía que mi madre ya no volvería a reírse, y encerrada en su mundo de pesares ya no volvería a hablarnos ni a mí ni a mi padre, y terminaría, como de costumbre, en el hospital de enfermos mentales donde le aplicarían electroshcks para calmarla. Sólo me consolaba la proximidad del domingo, y rogaba porque fuera día soleado para que pudiéramos reunirnos otra vez en casa de abuelita Mercedes, aunque gritara el abuelo en su cuarto apestoso a orines y todos fueran indiferentes a sus reclamos.
 
 
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