ESSAY/ENSAYO
Camila Henríquez Ureña: Semilla entre nosotros
 
 
Camila Henríquez Ureña regresó definitivamente a Cuba en 1960, luego de un exilio al que la obligó el estado de corrupción en que se encontraba la enseñanza en la Isla, en especial la universitaaria, antes de 1959. Durante esos años, mientras impartía clases en prestigiosos centros docentes de los Estados Unidos como Vassar Colleege y la Universidad de Middlebury, Camila volvía siempre para brindar cursos de verano en La Habana, adonde la capilla universitaria en el poder le impedía arribar de manera estable por muchas razones, entre las cuales contaba el temor a su prestigio profesoral e intelectual que ganaba cada año trascendencias continentales.
 
Llegó a Cuba por primera vez siendo una niña, en 1904, y en la oriental Santiago asistió a la escuela primaria. En la capital cursó más tarde el bachillerato y la universidad, de la que obtuvo los títulos de Filosofía y Letras y Pedagogía, antes de marchar a Estados Unidos para recibir clases de Literatura Comparada en la Universidad de Minnnesota, dedicar tres años al estudio de la Divina Comedia de Dante, y obtener un nuevo título universitario. Era la época de su formación intelectual bajo la orientación del hermano ilustre, Pedro Henríquez Ureña.
 
Sin embargo, la estancia en Estados Unidos y su propio origen dominicano no lograron desarraigar en Camila la nacionalidad que adquirió en Cuba, la que no se cansaba de reiterar: Nunca he querido vivir más que en Cuba. Soy cubana. Santo Doomingo es la patria de mis padres y de mis hermanos mayores. Para ella Estados Unidos era el exilio obligatorio al cual no pudo nunca adecuarse. Yo nunca me sentí integrada al modo de ser norteamericaano. Me gustaba enseñar y explicar a los muchachos. Generalmente el material joven respondia muy bien. Pero el ambiente... Es curioso, me parece que yo sentía en todo una falta de comprensión humana. Como si no hubiera una verdadera comprensión de los problemas humanos, dijo en una ocasión al ser entrevistada. Yo vivía nada más que pensando en cuándo volvería a Cuba, es la verdad. Yo quería volver.
 
Esta afirmación dicha así, sencillamente, tiene en una personalidad como la de Camila Henríquez Ureña una connotación esencialmente ideológica. Sustentar entonces su cubanidad constituye una sólida toma de posición al lado de un proceso que en 1960, justamente cuando regresa al país, recibía las manifestaciones agresivas más viles por parte del sistema en el cual ella había vivido durante años y ganado sobrado prestigio. Para ella venir a Cuba significó empezar a una avanzada edad una singuular labor creadora, abandonar la estabilidad adquirida y emprender junto a los obreros y soldados del naciente estado rebelde la fundación de una cultura nueva. Ella lo supo. Y su decisión consciente de dejarlo todo y regresar al país que calificaba como su patria no signiificó --lo demostraría después-- un simple acto de devoción, al que no era dada su naturaleza reflexiva. Lo que sucede es que en Camila las acciones mayores eran ejecutadas con suma sencillez y eso en ocasiones suele ser contraproducente a los efectos de la publicidad.
 
¿Por qué regresa Camila en 1960? ¿Qué le hace pensar que es aquél el momento del definitivo reencuentro con la patria? ¿Por qué confía en la honestidad de los nuevos goberrnantes? Ningún periodista tuvo la precaución de hacerle responder estas preguntas. Pero la trayectoria de su vida, de su origen y de su posterior dedicación a Cuba puede mostrarnos de una ojeada que en Camila no se da nada por impulso espontáneo y efímero, que todos y cada uno de sus actos están movidos en primer término por una herencia de apego a las tradiciones patrióticas, antimperialístas, profundamente arraigada en su formación intelectual, lo cual constituyó terreno propicio para comprender a su edad algo que otros más jóvenes no comprendieron: que lo que estaba sucediendo en Cuba era realmente decisivo y que a pesar de los escollos, para los cuales siempre tuvo la paciencia que otros regatearon, se estaba a las puertas de la fundación de una cultura nueva, de un nuevo intelectual, de un nuevo hombre. Fue la misma formación que le hizo ver, tal vez antes que otros, en el Diario del Che en Bolivia los gérmenes de una nueva literatura y dar a las charlas que prodigaba en fábricas y granjas, la misma importancia que confería a sus clases en las aulas universitarias.
 
Esa formación ideológica es perfectamente definida por Mirta Aguirre cuando dice: Es preciso saber ir de lo que significó el antimperialismo martiano a lo que representa el antimperialismo de la primera república socialista de América. Tal y como es y tal y como ha sabido ir Camita Henríquez. La missma que la hizo presentarse ante la juventud que la recibió en 1960, con las manos totalmente limpias del lodo que salpicó ese amargo pasado.
 
Difícil tarea entonces la de la higiene. Ya en 1935, al subir el dictador Fulgencio Batista al poder, Camila sufrió prisión en la Cárcel de Guanabacoa al participar en el recibimiento a un grupo de intelectuales comunistas que, provenientes de los Estados Unidos, desembarcó en La Habana. La policía intentó dispersar a las manifestantes, pero las más decididas se quedaron. Entre ellas estaba Camila. Más tarde la revolucionaria Charo Guillaume daría cuenta de la actividad de Camila en los días que duró la reclusión. Allí se dedicó a ofrecer clases y lecturas a las presas con condenas más prolongadas. Su paso por el reclusorio fue inolvidable, testimoniaba Charo.
 
Es la verdad, yo quería volver
 
Y al volver se puso al servicIo de la enseñanza en Cuba. El Ministerio de Educación le encargó la confección de los programas de Español. Hasta ese momento en Cuba no se enseñaba lengua española sino gramática y ella fue quien le dio una nueva orientación a la enseñanza de nuestro idioma. La primera que inició la formación técnica de un grupo de inspectores fue ella y en 1964 el Instituto de Superación Educacional publicó a manera de textos didácticos las conferencias que ofreció a ese primer grupo de asesores e inspectores, texto que después fue reeditado. Estos constituyen sus primeros aportes a la Cuba revolucionaria.
 
En el campo universitario el testimonio de las generaciones de alumnos que pasaron por sus aulas podría dar, por sí solo, la visión de su aporte en cultura y en humanidad. Aquí comienzan a imbricarse estos dos conceptos y a trascender como un fruto ejemplar no solamente hacia los alumnos sino también hacia sus compañeros. Los que la conocieron en esa época coinciden en afirmar que su magisterio traspone las aulas universitarias. Su vida cotidiana se convierte en una lección de humanidad, de sencillez y de austeridad imposibles de superar. A ella la cultura le sirve paara la vida --afirma la profesora Beatriz Maggi--, no es un simple amasijo de libros aprendidos para repetirlos en clase. Nada la rompe, nada la desespera. Está convencida de que puede aprender de todo el mundo.
 
Sus alumnos recuerdan el alto grado de información que poseía siempre sobre todo lo ocurrido nacional e internacionalmente. La han visto llorar silenciosamente mientras lee Adiós, Cordera, de Clarín, y reír con los pasajes más simpáticos del Quijote. Es la maestra ideal porque guía sutilmente a los alumnos por los caminos esenciales de la obra que explica. Han pasado seis años desde que Camila ya no está, pero en los que la han conocido perdura el timbre de su voz en la lectura diaria; la serenidad de su presencia en los salones de la Escuela de Letras; la atención, siempre la atención, a quien requería de ella, como si fuera lo más importante del mundo lo que fuera a escuchar. Muchos de los jóvenes a quienes entonces impartió clases, hoy son profesores, otros se han dedicado a la creación literaria o ejercen diferentes funciones como trabajadores de la cultura; en ellos ha quedado indeleble la huella de haber tenido una profesora como Camila. Ellos la recuerdan como un todo armónico de valores intelectuales y humanos. Una maestra de caracteres extraordinarios.
 
Cuando se le preguntaba por qué había elegido el magisterio, respondía sin dilación: Porque nací para enseñar. Esa era otra condición de su singular estirpe. No hubo en los Henríquez Ureña alguien que no haya enseñado. A los diez años daba Camila clases de lectura a un grupo de niños menores que ella. En 1921 fue profesora en la Academia Herbart y de 1927 a 1945 en la Escuela Normal de Maestros --ambas en Santiago de Cuba--. Marchó en esa fecha hacia Estados Unidos a impartir clases en centros universitarios y a partir de entonces sólo le será posible ejercer la docencia  en Cuba a través de los cursos de verano que ofrecía casi todos los años. En 1970, cuando ya hacía una década que ocupaba una merecida cátedra en la Escuela de Letras y Arte, recibió de la Universidad de La Habana la investidura de Profesora Emérita. Camila se convertía así en la primera educadora cubana a quien, tras el triunfo revolucionario de 1959, se le confería tal distinción y sus palabras de entonces sugerían la culminación de un trayecto: Puedo darle las gracias a lo que ya puedo llamar mi destino, puesto que se ha cumplido, por haberme permitido ver la realización de un empeño perseguido desde mis años juveniles: el de consagrar mi vida a la enseñanza.
 
Tal fue su decisión y su anhelo. Y no permitió nunca que se le encasillara en ningún otro límite. No me gusta publicar porque me connsidero profesora, no escritora. El escritor --expresaba-- es un connsagrado a la creación literaria. Y ella vivía consagrada al magisterio.
 
Sin embargo, algún día habrá de recopilarse la obra que dispersó Camila en prólogos, conferencias y ensayos y tendremos testimonio impreso de un conocimiennto literario sin límites. Para ella la especialidad era la literatura y a los escritores los leyó siempre en sus idiomas; conocía once de ellos, desde el griego hasta el ruso, que aprendió en 1957. Pertenecía a una generación de estudiosos de las letras muy difícil de reproducir, cuyo saber abarcaba desde el origen de los primeros textos literarios hasta las últimas manifestaciones de las letras universales. Para mí la literatura es como el lenguaje del hombre, y éste es uno. Era una apasionada de Dante a quien leyó por primera vez siendo niña en su lengua original, que aprendió prácticamennte sola; pero no pocas veces dictó conferencias sobre Shakespeare, mientras que la literatura hispanoamericana era objeto especial de su atención. Cervantes, en especial Don Quijote, constituía un tema perenne en cursos y disertaciones y fueron numerosos los trabajos escritos y las charlas impartidas acerca de la obra de José Martí.
 
No hay cultura sin el hombre
 
En octubre de 1968 Camila abordó en una conferencia el tema Literatura y Revolución, durante la cual se refirió a los signos literarios de un modo de ser nuevo: La Revolución Cubana trajo en si el germen de una conciencia literaria.
 
En esta disertación habló del interés que desde el primer momento la Revolución manifestó por fomentar la creación, lo que calificó de caso raro, casi único, al menos en la suma de sus caracteristicas.
 
La literatura revolucionarIa --apuntaba-- se hace cargo de un desafio; lo que la define no es el hecho de ser escrita sobre la Revolución, sino el ser escrita desde ella. Esta circunstancia da color característico a nuestra literatura y determina una actitud definida en nuestros escritores.
 
Habían pasado ocho años dessde su regreso a Cuba y Camila encontraba ya las muestras que presentía cuando decidió abandonarlo todo para volver en busca de una nueva concepción de la cultura: Nuestra literatura se halla en plena efervescencia creadora; bien se puede hablar de una literatura de la Cuba revolucionaria. Hay una nueva manera de expresarse que refleja un modo de ser nuevo. Se trata, en suma, de un nuevo estilo de vida.
 
Su talla de humanista le proporcionaba a menudo ver primero lo que el resto aún no vislumbraba. Su cultura estaba en función de la vida y su inteligencia abierta siempre al conocimiento de los tiempos nuevos. No creo que haya cultura sin el hombre, decía, y este concepto la preservó de los extremos. Ni liberalismo ni esquemas inútiles. Era una cultura en movimiento continuo, como el hombre mismo que la promovía. Su talla humana la preservó, por otra parte, de intelectualismo elitista. Siempre estuvo junto a lo humano y supo analizar con profética serenidad cada momento en el decursar de la cultura cubana:
 
Que el número supere la calidad es un fenómeno normal, pero entre los pequeños montes se van destacando poco a poco las cumbres más altas. Si la Revolución no tuviera otras muchas victorias que mostrar al mundo, bastaría para destacar el alto valor de la Revolución Cubana esta eclosión de las letras y las artes, porque sólo en un momento en que el pueblo tiene gran fe en sí mismo pueden darse tales testimonios de su capacidad intelectual.
 
Al recibir el título de Profesora Emérita de la Universidad de La Habana. Camila unió a ese preciado galardón el de haber contribuido a formar a varias promociones de maestros en la Escuela Normal de Santiago de Cuba. Su aspiración se vio colmada --señalaba-- décadas después al impartir la enseñanza en la bicentenaria casa de estudios.
 
Con tales palabras agradecía el reconocimiento recibido, moomento que calificó esa noche como “de trascendencia única en mi existencia.” Los que estuvimos allí durante aquella velada recordamos haber percibido tras la solemne emoción que la marcaba, una alegría casi alborotada en el público que colmó totalmente el Aula Magna, compuesto en su mayor parte por alumnos y exalumnos de Camiila. Aún muchos la esperaron al final, como si fueran a verla por primera vez. Porque para cada uno de los que allí acudió también fue aquél un momento trascendente, que sabía irrepetible, en su vida. Por eso se agolparon para verla salir los jóvenes a quienes había hablado el día anterior apenas sobre las quijotadas de Sancho, al lado de los ya mayores a quienes dio clases en la lejana Academia Herbart de Santiago de Cuba.
 
Tal como acababa de decir Mirta Aguirre en el elogio que le dedicó: No existe en toda esta universidad nadie más joven que Camila con sus espléndidos setenta y seis años en perpetua renovación.
 
Su sonrisa radiante de aquella noche así lo sostenía.
 
Tres años más tarde, el 12 de setiembre de 1973, cuando realizaba una visita a Santo Domingo, murió Camila. Poco antes de salir de Cuba y en el curso de una entrevista se le había cuestionado acerca de si deseaba continuar su carrera profesoral. Respondió entonces: Inevitablemente me acerco al término de mi carrera. Quizás alcance a jubilarme. O quizás me quepa la misma suerte que a mis mayores: mi padre y mis hermanos Pedro y Max murieron en edad avanzada, súbitamente, mientras desempeñaban sus acostumbradas actividades profesorales.
 
No la sorprendió la muerte en medio de la sala de estudios como tal vez deseaba, no la sorprendió en el reposo de la jubilación. La muerte no complace a todos. Y nos quitó con ella el período retirado, que tampoco disfrutaron sus mayores, en que el maestro suele reunirse con sus exalumnos para aconsejarlos, orientarlos y acaso seguir siendo maestro en el último transcurrir hacia el final de la existencia. En ese único sentido quedó interrumpida la vida de Camila. En todos los otros cumplió la alta misión que ella se propuso desde su juventud.
 
Camila, como Martí, no concebía la misión del maestro limitada a un solo grupo y a una sola nación: Su radio --decía-- es el de la humanidad entera; las semillas que siempre ha de aspirar a que sean fecundas en cualquier campo de la tierra.
 
Este setiembre hace seis años de su muerte. Mientras redactaba el trabajo que termino ahora, he escuchado la grabación de su voz durante una conversación sostenida en su casa semanas antes de marchar a Santo Domingo. Bromea y se ríe. Pienso que Camila es como una semilla sembrada entre nosotros. Lo siento mientras la oigo reír y hablar pausadamente en la cinta. Lo sé cuando recuerdo su paso por la vida.
 
 
Minerva Salado
Revista Revolución y Cultura
No. 85. Setiembre de 1979
 
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Foto cortesía de Helen Dixon

Minerva Salado

Nació en La Habana, Cuba, y es poeta, ensayista y periodista. Ha publicado ocho  poemarios, entre ellos los premiados Al cierre (Premio David 1971), Ediciones UNION, La Habana, 1972; Tema sobre un paseo. (Premio Julián del Casal 1977), Ediciones UNION, La Habana, 1978; y  Herejía bajo la lluvia (Premio Internacional Carmen Conde), Ediciones Torremozas. Madrid, 2000. Su poesía aparece en numerosas antologías y otras tantas revistas literarias de varios países. En junio de 2007 fue invitada a leer poesía en el Colloque de Traverses-Gradiva, organizado por el Colegio de España y la Universidad de París 8, en París.

Su obra como ensayista e investigadora abarca varios títulos y  ha sido publicada por el Fondo de Cultura Económica y la editorial de la Universidad Autónoma de México. Se desempeña también como  investigadora y profesora de periodismo, en cuya área aborda la noticia comparada como tema de estudio.