Cutimba y Popona se iban a casar, y no se casaron por... cosas de la vida
Keiselim Montás
"¡Rusbel, el amor exites. El amor exites Rubel, porque yo con esa maldita negra: no la quieros, pero no la pueo dejá... Y duermo con ella Rusbel!" Y eso le decía siempre el compadre Cucho (mejor apodado entre el tigueraje del pueblo como Cutimba) a Malliguín, cada vez que se pasaba de tragos, que era la mayor parte del tiempo. Pero aún así, sus borracheras no le impedían hacer las más elaboradas piruetas en su motocicleta, una reconstrucción casera armada con el cuadro de un Honda 70, y la máquina de un Yamaha 80.
Cada vez que se daba un “jumo” se la lucía al hacer con su motocicleta un acoplamiento excelente entre el acelerador, el “cloche” y los cambios de velocidad. Eran piruetas selladas por el peligro, la estupidez y la suerte, que hacían repetir al sacerdote: "a los borrachos los protege el demonio".
Como en su tiempo, y a su manera, lo había sido Armando Cocote ‘e Yuca, ahora Cutimba formaba parte de esos seres privilegiados cuya cordura fluctúa entre la burla y la admiración de la gente, haciéndose tipos pintorescos y singulares, casi imprescindibles en el diario vivir de un pueblo sin biblioteca, sin parque, sin cine, con cinco iglesias de denominaciones distintas, cuatro bares y dos prostíbulos.
Por eso al ruido y humo del mofler destripado del motor de Cucho se unían la gritería y los silbidos de los limpiabotas, paleteros, empanaderos, chineros, maniseros, heladeros, fritureros, choferes, piches, pasajeros y la multitud que se reunía siempre en la esquina conocida como El Cruce, en el pueblo Cambita Garabito.
No fue sino hasta el día que, por suerte o por desgracia, se accidentó en la misma esquina frente a todo el mundo. Venía de la estación de gasolina, como siempre acelerando y pasando cambios calle abajo, y al recostarse para coger la curva acostadito, en medio de gritos y silbidos de la multitud, el motor se partió por la mitad: las manos quedaron atadas al timón y el culo y las piernas flotando en el aire. El resto del motor siguió en marcha recta hasta estrellarse, a varios metros de distancia, en la puerta del billar de Bienvenido.
Fue su mejor figureo; nunca había echado un lujo así, y jamás volvería a echar otro igual. Parece cierto que al borracho lo cuida el diablo, pues Cutimba ni tocó tierra ni tampoco se hizo un solo peladito. Una vez que los brazos se coordinaron con las piernas y el culo, siguió en la misma dirección, caminando a pasos dobles, como si nada hubiera ocurrido. Se detuvo al sentarse campante y sonante en la silla de un limpiabotas. Y, sin inmutarse, pidió que le lustraran los zapatos para ir a visitar a Popona, esa negra que le inspiraba su famosa frase de que el amor existe.
Hasta ahí le duró el gozo del motor, pues la avería fue irreparable, a tal extremo que ni siquiera Pilo el soldador, con todo y su fama de hacer de tripas corazón, pudo soldar los dos pedazos.
Después del incidente Cucho, con su alma de poeta, se paseaba por las calles con resignación y dignidad, y cuando alguien le preguntaba por la suerte del motor, le contestaba: " Jamás duró una flor do primaveras, me alimenté des ti por mucho tiempos, la cosas tan hermosa duran pocos. ¡Viida!"
Popona tenía una fonda en el mercado del pueblo, era más bien una fondita, con apenas un fogón, dos mesas y cuatro sillas. La chosita, como muchos la llamaban, era una verdadera obra de arte, y la razón por la que se mantenía erecta es todavía un secreto arquitectónico. La mitad estaba techada con viejas y oxidadas planchas de zinc, con setos de tablas de palma. El resto estaba cobijado de yaguas, con setos de bambú.
La cocina estaba situada en el área cobijada de zinc, y no era más que una mesa rústica con dos fogones de tres piedras, tres pailas negras de tizne y bajo la mesa, recostada en un rincón, una pila de leña. La parte cobijada de yagua tenía el piso de tierra y dos mesas mal tramadas, con sus correspondientes sillas de guano (dos por mesa). Todo pintado de azul cielo tropical.
Aunque los domingos ninguna fonda del mercado abría, ese domingo Popona estaba de fiesta. Tenía un perico ripia’o en su fonda y bebían Palo Viejo y Ron Bermúdez. Había (por cierto) un parecido, quizás algún parentesco, entre Popona y el acordeonista. Ambos tenían los labios rosados y los dientes tan blancos que resaltaban en la negrura de sus rostros, que eran de color prieto acentuado tirando a negro de paila tiznada por la leña del fogón de una fonda de mercado. Papito se llamaba el acordeonista, y era un mago del tirijala del pellejo del acordeón, instrumento que en sus manos no hablaba por no ser humano. Papito tocaba, cantaba, bebía y, al mismo tiempo, agarraba por la cintura a una mujer blanca y alta que era su querida.
Tocaban merengue tras merengue: Consígueme eso, Eroína, Quita sueño, Altagracia, Monción, Juanita Morel, La Empalizá... El repique de la tambora y el raspado de la güira, al compás del acordeón de Papito, producían un aroma de incienso árabe que penetraba por los oídos y fulminaba cada mililitro de sangre humana. El ritmo metido ya en la sangre se distribuía por todas partes, incontenible, provocando un inevitable movimiento del cuerpo.
Escuchar la música era igual que quedar encantado, como en un trance delirioso. La escena era como un mosaico de acciones y sensaciones: la contracción de los tendones de las rodillas y tobillos, el guaya’o de la güira, la cintura que comenzaba a oscilar discreta, la boca rosada y retorcida de Papito que emitía canto y saliva y recibía ron todo a una misma vez, el palo que golpeaba el cuero de la tambora de forma incesante, la sonrisa rosada y de blanco fondo de Popona, la mujer blanca y alta que echaba Bermúdez en la boca de Papito, el pellejo del acordeón que se estiraba y arrugaba con el tirijala, el repetido estribillo de las canciones, el tamborero que a ojos cerrados mordía su labio inferior y moviendo la cabeza de hombro a hombro parecía decir que no al son del repique del pambiche que ejecutaba, y los dedos de Papito que se hundían chatos en las teclas del acordeón.
Y justo en medio de la fonda, como en trance, el niño rubio de pantalones cortos, franela vieja y pies sucios y descalzos que parado allí e inducido por la música, se movía inconsciente y sin saber que lo había picado el bicho de ese ritmo de campo adentro. Sólo perturbó su júbilo escuchar Siña Juanica. El estribillo de esa pieza le produjo un lagrimón que lo hizo dejar la fiesta y regresar a su casa con un llanto que le duró once días, siete horas y veintitrés minutos contados.
Sus pies descalzos y sucios, sus pantalones viejos, su franela manchada y desbembada y su barriga llena de lombrices no lo distanciaban del niño de Siña Juanica. Pero apenas tenía unos ocho años y el estribillo de la canción: "Se me muere el niño, tiene tos ferina, y no tengo cuarto, pa’ la medicina", lo atormentaba por dentro.
Se preguntaba cómo era posible que se muriera un niño porque su mamá no tenía dinero para comprar medicina. No comprendía bien por qué Siña Juanica iba a necesitar dinero para la medicina, si la medicina era para los enfermos, y el niño de Siña Juanica estaba enfermo, ¿verdad?... ¿por qué entonces se iba a morir? Y pensando eso se imaginaba la cara angustiada de Siña Juanica, y a su niño en una litera de bastidor de alambre y sin colchón, pálido, tosiendo y titiritando de fiebre y se hundía más en esa pena profunda que no entendía.
Terminada esa pieza hizo acto de presencia el compadre Cucho, que venía con sus zapatos lustrados, sus pantalones blancos y su camisa de domingo, “más tira’o que un pe’o”. Tan pronto entró, como si lo hubieran esperado para eso, comenzó a tocar Papito una cierta pieza popular. Con la primera nota de acordeón de esa canción cambió el aire del ambiente. La cara de Popona se tornó de festiva a preocupada, no porque se sintiera culpable ni mucho menos (pues no lo era), sino porque ella, a su modo, quería a Cucho también de una manera incomprensible. Le preocupaba que Cucho fuera a sentirse aludido aunque, después de todo, Cucho no conocía a Papito, nunca lo había visto en su vida, ni había oído hablar de él. Le preocupaba que Cucho fuera a sentirse aludido, y por ende ofendido, y decidiera buscar pleito con Papito, aunque como ella muy bien sabía, Cucho era más hombre de estrofas de canciones que de trompadas.
Pero también temía que de no buscar pleito, se resintiera y de rabia o celos la dejara y se fuera al quiosco de Mijildo a beber ron y a poner en el picó Chiquitica, por Leonardo Paniagua y Esas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat, hasta que se rayaran los discos. Y peor aún: que después de emborracharse no bajara a dormir con ella.
Papito, por su parte, tampoco tenía intención malsana, no conocía a Cucho, y cantaba esa canción simplemente porque le gustaba. Comenzó a tocarla como cualquier otra. Pero esta canción decía esas cosas por las que se hala el puñal y se degüella a cualquiera, cosas que pusieron en el ceño de Popona una nube de preocupación.
Después de ejecutar la introducción de la canción en su acordeón que casi hablaba, Papito comenzó cantando:
El hombre que no se casa,
no sabe de cosa buena.
Tiene que saber buscarla,
que no le salga chiflera.
Si el marido es cumplidor,
y le da las tres calientes.
Y la chiflera paseando,
con su macho de emergente.
Yo conozco un amiguito,
que en la puerta de su casa,
por estar aguantando chifles,
le pusieron “caco ‘e vaca”.
Yo no quiero que me pase,
al igual que a mi amiguito,
por donde quiera que va,
todos le dicen chiflito.
A este punto, y para tormento de Popona que se esforzaba por contener el llanto, el compadre Cucho al oír la canción y ver que algunos de los presentes lo miraban de reojo, interrumpió con un ademán de manos y diciendo: “Perdonen la interjección, no me siento interpelados. Lo dijo José Josés, ya lo pasado pasados. Y a Popona, mi mujer, le recitaré uno versos que dicen ya va uté a ve: 'Que murmuren, que murmuren, no me importas que murmuren. Que digan que nos me quiere, que digan que nos me amas, que tús me tas engañando, que viene por mi dineros. Ríetes de parecere, y de lo que se figuren, que mientra sea como eres, que murmuren, ques murmuren’.” Y terminó, enfáticamente diciendo, “Enamorada de mís, 'de un loco como yos, amante improvisados, que no sabe contar', que no tiene ni un chele colorados, ¡Ay Muñiz, tú si que sabe! Y por eso e que el amor exites, ¡Viidas!”