Performing Arts: Theater
Artes escénicas: Teatro LATINO ARTISTS ROUND TABLE
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       El hombre que esperaba en el camino

De José M. de la Rosa

Personajes:

Mariela……… …Una joven madre viuda. Tiene algunos 26 años de edad.
Fabían Ng…….  Un solterón  pronto a jubilarse, contable de la fábrica 	    		     del  pueblo.
Fermina………..El ama de llaves de Ng. Tiene la cabeza cana. 
Vidal…………..  Un joven  dependiente del almacén del primer piso.

Primera escena 

La obra empieza con el teatro a oscuras. Se oye el ruido del limpiavidrios de un autobús en movimiento. Alguien tose, es una tos débil, luego emite unos quejidos,  también leves. Se escucha una bachata vieja; luego un anuncio de algún producto antiguo (preferiblemente  sobre un perfume o un jabón de la República Dominicana).  Se escucha, también, el grito de un niño.  Todos estos sonidos se mezclarán con el teclear de una máquina de escribir. Los golpes de las teclas de la maquinilla deben ser  precisos y reales.
Se escuchará la voz del chofer que dirá:  “Ultima parada”.  Entonces,  un frenazo y todo en la guagua se viene abajo.

Segunda escena

Un toldo en una calle desolada. Un día de lluvia,  aunque no llueve en ese momento. Hay  mucha neblina.
NG, camino a su casa, se ha detenido bajo el toldo. Viene del trabajo. Está vestido  con capote, sombrero negro y botas de goma. Lleva un paraguas, el que,  obviamente,  tiene cerrado.  Prende un cigarrillo. Al empezar esta escena se escuchará parte del tango “El irresistible”,  interpretado por  Aníbal Troilo.

NG: (hablando para sí).  Parece que ha cesado la lluvia. Pero tengo temor de caerme o pisar  un charco. Todavía espero unos minutos más hasta que pase alguien y me ayude a llegar a la casa.
(Aparece Mariela. Lleva  un vestido verde mar. Trae una maleta en la mano. Se detiene) 
Mariela: No sé por dónde coger. ¿Qué habrá al final de esa calle donde se ve ese farol?
(En la niebla ve relucir la luz del cigarrillo de Ng)
Mariela: Ah…
Ng: ¿Quién anda ahí ? ¿Quién es usted ?
Mariela: Espero a mi hermana y su esposo. Quedaron en pasarme a recoger.
NG: ¿De dónde vienen? 
Mariela: De los Alamos.
NG: No vendrán.
Mariela: ¿Cómo lo sabe?
NG: Hace dos días que la  corriente del río derrumbó el puente.
Mariela: Entonces era cierto.
NG: ¿Ya lo sabía.?
Mariela: En la estación de guaguas la gente hablaba de eso. Pensé que era sólo una noticia sin fundamento.
NG: Hace más de quince días que llueve sin parar. La gente está desesperada. Esta situación está afectando los negocios. Un par de semanas más y todo el pueblo quedará en ruina.
Mariela: Tengo que encontrar dónde alojarme, por lo menos hasta mañana.
Ng: En este pueblo no hay hoteles.
Mariela: Una pensión o una fonda.
NG: Seguro que  no quisiera  alojarse en esos sitios. Son cabarets.
Mariela: ¡Por Dios! Quizás pueda ir al cuartel de la policía.
NG: El único que había  estaba cerca del puente y fue una de las tantas cosas que se llevó el río.
Mariela: ¿No hay un lugar aquí donde pueda pernoctar? En la estación de guaguas quería hablar con la gente, pero todo el mundo andaba de prisa, apenas me hicieron caso.
Ng: La situación no es para menos. La gente quiere llegar temprano a la casa.
Mariela:  ¿Me podría decir  dónde hay un teléfono? Tengo que llamar a mi hermana.
NG: Aquí sólo hay uno,  en la fábrica donde soy contable. Y está cerrada. Vengo de ahí. Permítame presentarme. Me llamo Fabián NG.
Mariela: Soy Mariela Alfaro.
NG: Si le parece podría venir a mi casa.
Mariela: Es que no lo conozco.
NG: Ya me le presenté. 
Mariela: Eso  no basta.
NG: En estas circunstancias  sólo un hombre de mala calaña podría aprovecharse de usted.
Mariela: Pero…
NG: Venga,  le ayudo a cargar la maleta.
Mariela: No, mejor no. Mejor sigo buscando otro lugar.
(Mariela toma la maleta para irse. Toma el camino equivocado)
NG: (Gritándole):  Si sigue caminando por ahí dará a un descampado. Y podría caer en una zanja.
[Mariela  regresa nerviosa]
Mariela: Está bien. Me voy con usted. Pero será hasta mañana.
NG: Mi casa está a sólo unas cuadras.  Le tomo la maleta. Pero,  por favor, agárreme del brazo.
Mariela: (sorprendida) ¿Es usted ciego?
NG: No. Tengo problemas de la vista. Y hoy precisamente se me rompieron los espejuelos. [Transición] Por ahí no. De este lado. Cuidado con los charcos.
[Despacio,  se pierden en la niebla]. 

Tercera escena 

El apartamento de Ng.  Hay una mesa al fondo y un sofá cerca del público.  Hay una ventana cuya vista da a la parte posterior del pueblo. La parte baja del edificio está ocupada por un almacén  y queda en la calle comercial del pueblo.
Mariela, sentada en el sofá, tiene la maleta al lado suyo.  Fermina, un tanto despeinada, prepara la mesa para la cena. El sonido que hace al poner los utensilios sobre la mesa se hace intenso en la tranquilidad de la sala. 

Mariela: Cuando besé a mi niño antes de salir tuve el presentimiento de que algo saldría mal. Oh,  ¿no le había dicho que tengo un niño de cuatro años? Es una monada.  Lo dejé en casa de una vecina mía,  la que se ha sido una madre para mí después que se murió mi esposo.
Fermina: No es bueno dejar a las criaturas a merced de nadie. Antes las mujeres andaban con sus niños a rastras pasara lo que pasara.
Mariela: ¿Se imagina cómo estuviéramos ahora si hubiese andado con él?  Lo dejé sólo por unos meses hasta que consiga trabajo  y me establezca. Ese niño lo es todo para mí. Nunca pensé que la situación aquí estuviera tan horrible. Allá, en San Fernando, una no se entera de nada. 
Fermina: ¿Cómo murió tu esposo?
Mariela: Electrocutado. Era ingeniero  civil.  Mientras revisaba los trabajos de un puente con unos compañeros pisó un cable eléctrico.
Fermina: Viuda tan joven. Es una pena.
Pausa.
Mariela: ¿Hasta cuándo  estará lloviendo?
Fermina: (indiferente) Sabrá Dios.
Mariela: Mi hermana estará preocupada, pensando en que me habrá pasado algo.
[Silencio incómodo].
¿Y el señor,  cómo es? ¿Es buena gente? ¿No me hará daño, verdad?
Fermina: [sin mirar a Mariela] Deberías de estar agradecida de que él te haya acogido en su casa.
Mariela: No quise ofenderla. Estoy  atolondrada  por todo lo que me ha sucedido hoy.
Fermina: Al fin de cuentas  es él quien debía estar haciendo esas preguntas.
Mariela: Por favor,  olvide lo que dije.
Fermina: En este pueblo no hay uno como el señor NG. Estás tratando con la crema de la crema, un hombre que no invita a nadie a su casa. Son muchas las que quisieran estar en tu lugar.
Mariela: No entiendo.
Fermina: Si no entiendes,  es mejor dejar las cosas tal como están.
Mariela: Yo estoy aquí por circunstancia. Por favor, no vaya a interpretar mal mi estadía en esta casa.
Fermina: Yo no interpreto nada.

La escena termina con el sonido de los utensilios como al principio.

Cuarta escena 

NG entra en la sala.  Tiene puesta una bata de casa.
Ng: (dirigiéndose a Mariela) ¿Por qué no te pones cómoda?
Mariela:  Estoy bien.
NG; ¿Te mostró Fermina el cuarto?
Fermina: Tal como lo mandó.
Ng: ¿Qué hace este equipaje aquí, Fermina?
Mariela: Yo le pedí que me la dejara en la sala  por si tenía que irme mañana temprano.
NG: No hay manera. Ya te expliqué que el…
[Mariela lo interrumpe]
Mariela: Supongo que mi hermana ha de venir por otra vía.
NG: Como quieras. Pero a mí  me parece que será imposible. ¿No te has dado cuenta? (dirigiéndose a Fermina). Ve, Fermina,  muéstrale para que vea,  como luce eso allá afuera. (Mariela se para y va con Fermina hasta la ventana) 
Fermina: ¿Ves eso  que se ve a la deriva? 
Mariela: No veo nada.
Fermina: Mira bien. ¿Ves ese árbol que se lleva la corriente? Ese es el río. 
NG: Es decir,  que sólo un buque de guerra podría vadear esa corriente.
Mariela: No dudo de su palabra. Pero aún pienso que mi hermana ha de estar allá afuera,  buscándome.
Fermina: Déjela que siga soñando. Total, la realidad es otra.
Mariela: Señora…
Fermina: Conmigo no. A mí me da lo mismo que te vayas o te quedes.
NG:  Basta, Fermina. Hay que entender cómo se sentirá la señorita.
Fermina:  Señora.  Es viuda y tiene un niño de cuatro años.
Mariela: Pero...
NG: No me lo había dicho.
Mariela: Apenas tuvimos tiempo de conversar en el camino.
NG:  (dirigiéndose a Fermina) Con más razón para que la ayudemos.

Quinta escena 

La misma noche. NG se va a acostar. Ha estado trabajando hasta tarde. Se encuentra con que Mariela está todavía sentada en el sofá. Ahora tiene la maleta abierta, con algunas cosas afuera: ropa, un sombrero y un peluche que trae como recuerdo de su niño.
NG: Creí que se había ido a dormir.
Mariela: No tengo sueño.
NG: Debe  estar cansada, después de un día de tanto ajetreo.
Mariela: Me preocupa saber de mi hermana.
NG: Mañana a primera hora le prometo que voy a llamar a Los Alamos para decirles a su hermana y a su esposo que está aquí, en buenas condiciones.
Mariela: Eso le quería pedir. Por eso no me he ido a acostar.
NG: Debió decírmelo antes.
Mariela: Me daba vergüenza interrumpirlo.
NG: Me puede tener confianza. En la antigüedad ser un buen anfitrión era una de las mayores cualidades que los seres humanos podrían tener. Y a mí me gusta hacerle honor a las buenas costumbres.
Mariela: Le estoy sumamente agradecida.
NG:  Tiene que esperar a que regrese del trabajo para darle la respuesta de lo de su hermana.
Mariela: Le anoto su nombre y número de teléfono.
NG: ¿A qué tanta prisa? Eso podría hacerlo mañana temprano.
Mariela: Temo quedarme dormida, y que usted se vaya.
NG: No sea desconfiada. Yo mismo me encargo de despertarla, en caso de que eso sucediera.
NG sale. Mariela se queda sacando más cosas de la maleta

Sexta escena 

Hay un candelabro en medio de la mesa con velas encendidas.
Una cajita de música toca en el fondo. A pesar de la poca luz, en un rincón de la sala,  Fermina está bordando una tela. Mariela está sentada en el sofá.
Mariela: Esto era lo que  faltaba,  que se fuera la luz.
Fermina: Era de esperarse.
Pausa
Mariela: ¿A qué hora viene el señor NG?
Fermina: (sin mirarla): No tengo la menor idea.
[Mariela se para del sofá impaciente]
Mariela: Quedó de llamar a mi hermana. Y me dijo que cuando viniera me daba la repuesta.
Fermina: ¿Te habló de hora específica?
Mariela: No. Pero ayer a las siete ya estaba aquí.
Fermina: Ayer fue  ayer.
[Mariela se pasea por toda la sala]
Fermina: En los tiempos que están haciendo inventarios viene a las doce de la noche. Hay días que se queda a dormir en la fábrica.
Mariela: ¡Por Dios! Si él sabe que estoy esperando la repuesta. ¿Por qué no envió a alguien a decirme una cosa u otra?
Fermina:  Se le habrá olvidado. Llevar las cuentas de una fábrica tan grande no es fácil. También,  el señor NG se está poniendo viejo. Ya le está fallando la memoria. Imagínate,  el otro día me dio el dinero para que hiciera la compra, y una hora más tarde venía a dármelo otra vez. Le dije que ya me lo había entregado. No me lo podía creer. Tuve que enseñarle el dinero para que viera que era cierto.
Mariela: ¿Cómo se le iba a olvidar? Él sabe que estoy varada aquí, y se lo pedí encarecidamente.
Fermina: Te digo que ese hombre tiene miles de cosa en la cabeza. NG está encargado de todo lo que se mueve en la fábrica.
Mariela: (sin escucharla) Yo salgo a buscarlo. Quizás esté en el mismo sitio donde lo encontré anoche.
Fermina: Con el mal tiempo que hace es mejor que no salga. 
Mariela:  Yo no me puedo quedar así. Tengo que resolver mi situación.
[Entra  en el cuarto que tiene asignado. Al rato  trae una capota y un sombrero]
Mariela: Voy a ver si lo encuentro.
Fermina: No seas terca. Con la lluvia, el viento y la corriente del río  no sabes lo que te pueda suceder allá afuera. 
Mariela: No me puedo quedar con los brazos cruzados, a merced de que nadie se acuerde de mí. (Con énfasis) Este es mi problema.
Fermina: ¿No te das cuenta  lo oscuro que está  allá afuera? El que espera lo mucho espera lo poco.
Mariela: Yo no espero nada. Hace dos días que no sé de mi hermana ni de mi hijo.
Fermina: Es que no sabes dónde vas, mujer.
Mariela: No importa. 

Sale. Se escuchan la lluvia y el sonido de la cajita de música simultáneamente.

Séptima escena

En el almacén.  Ambiente de humedad. El piso está mojado. Hay cartones  y periódicos tirados en el suelo.
Mariela,  frente a la puerta de entrada, mira detenidamente a lo lejos.
Mariela:  Se me confunden los caminos. No recuerdo si vine por aquí (señala hacia un lado), o si del otro lado (señala hacia otra dirección). Qué suerte la mía.
Aparece Vidal. Está guardando las mercancías del almacén. Se detiene cuando ve a Mariela.
Vidal: Ah... la forastera … por fin la veo.
Mariela: ¿Qué se te ofrece?
Vidal: ¿A mí? Nada.
Mariela: Parece que no hubiese visto una mujer antes.
Vidal: Muchas que hay en este pueblo. Pero ninguna como usted. Se ve muy bien.
Mariela: ¿Conoces al señor NG?
Vidal: ¿Al señor contable?,  quién no lo conoce en este pueblo.
Mariela: ¿Sabes dónde trabaja?
Vidal: En la fábrica.
Mariela: ¿Dónde está la fábrica?
Vidal: (Señalándole una dirección a la izquierda del público) Por allá.
Mariela: ¿Me podría llevar hasta ese lugar?
Vidal: Está muy lejos. Además,  con este mal tiempo es imposible.  ¿Ocurre algo?
Mariela: No,  nada. Sólo que lo quiero ver. Desde ayer no viene a la casa,  y necesito hablarle.
Vidal: A veces se queda a dormir en la fábrica. Otras veces, cuando el tiempo está mal, se para en el camino a esperar que alguien le ayude a llegar a su casa.
Mariela: Ya lo sé.
Vidal: La noto preocupada. 
Mariela: Estoy bien.
Vidal: Ahora discúlpeme, tengo que seguir guardando estas cosas. Estamos cerrando.
Mariela: Espera un momento.
Vidal: Le dije que con el mal tiempo que hace no se puede llegar hasta la fábrica. Además, la fábrica está vigilada, y es un peligro llegar por ahí a estas horas.
Mariela: ¿Hay un teléfono por aquí cerca?
Vidal: (retomando su trabajo) El más cercano está en el correo.
Mariela: ¿En el correo?
Vidal: Sí, pero creo que no funciona.
Mariela: ¿A qué hora terminas? ¿Me puedes llevar hasta allá? Te pago lo que quieras.
Vidal: Esta noche no puedo.  
Mariela: ¿No lo harías por una madre que está desesperada? Necesito saber de mi hijo.
Vidal: Mañana. 
Mariela: ¿Mañana cuando?
Vidal: Por la noche.
Mariela: ¿Antes, no se puede?
Vidal: No.
Mariela: Está bien.  ¿A qué hora te espero?
 Vidal: Termino a las seis.  (Cambiando de tono)  Mire cómo está eso (señala allá afuera).  Es mejor que suba a su casa.

Mariela se queda parada. Observa a Vidal trabajar por un instante. Luego regresa al apartamento.

Octava escena 

Un sueño.
     Mariela duerme en el sofá. La ilumina una “spot light”,  la luz es tenue. Está acostada con ropa, señal de que se ha quedado dormida involuntariamente. Al  pie del sofá está la maleta abierta de par en par. Hay cosas regadas en el suelo: un peluche, figuras de  recortes de periódicos, algunas fotos de su niño y del día de su boda.  También se ve la cajita de música que sonaba en la  sexta escena. Es tarde en la madrugada. Entra NG. Está vestido con el capote y el sombrero de la segunda escena. Esta vez se ve más apuesto y más joven. Se  acerca sigilosamente a Mariela. La contempla con lujuria. Trata de tocarla   y no se atreve por temor a despertarla. Finalmente se decide: se baja el zipper del pantalón e intenta violarla. En ese instante escucha la voz de Fermina, que sale como desde lejos.

La voz de Fermina: “Sobre mi cadáver…. sobre mi cadáver… sobre mi cadáver”
NG mira sorprendido hacia atrás. Se va y se pierde en la oscuridad de la sala. 
Mariela (despertándose asustada): Ah…
Mira hacia todas las direcciones. Llega hasta la mesa. A tientas,  toma una caja de fósforo. Enciende una vela. Busca y no ve a nadie.
Mariela: Si me estaré volviendo loca.

Novena escena

La oficina de NG. Un escritorio gris de metal. Una ventana, cerca de ésta hay un archivo viejo, de esos que se usaban en las oficinas. Hay un perchero donde se ven colgados el sobretodo, el paraguas y el sombrero de NG. Hay plantas casi marchitas, sin atender. El escritorio  está repleto de folders y sobres  manila a cada lado. En el centro hay un libro de contabilidad, de tapa dura, abierto.
NG se ha quedado dormido. Apoya la cabeza sobre el escritorio. Despierta.

NG (se toma tiempo para  entender  dónde está): ¿ Dónde estoy?  Me dormí sin darme cuenta.  Todavía me falta revisar estos folders. Han sido dos días intensos. Qué ganas de llegar a casa, comer  y tirarme a dormir hasta que Dios quiera. Odio estos días, cuando hay que pasar inventario y balancear los libros. Este es el último año que trabajo así, como un burro. Mi cabeza y mis huesos ya no están para estas cosas. Son cuarenta años trabajando en esta fábrica, sin descanso, tomando unas vacacioncitas aquí y allá. Recuerdo aquella vez que  fui a la capital a pasarme unos días.  Estaba en el casino del hotel,  jugando al pocker, cuando se me acercó una de las muchachas que servían para decirme que tenía una llamada.
“¿ Para mí?”,  le dije. “¿Es usted el señor NG?”, me preguntó ella. “ Claro. Al menos que no haya un impostor”,  le contesté en broma. Ella,  un poco fría,  me dijo:  “Esta es la tercera vez que lo llaman”.  Efectivamente,  cuando voy al vestíbulo a hablar por teléfono, era el dueño de la fábrica.  Me pedía que volviera en el acto. Había ocurrido algo grave: el contable que dejé sustituyéndome había cometido un fraude de unos miles de dólares. Desde ese entonces tuve que hacerme cargo de todo lo que se mueve en la fábrica. A partir de ahí,  ya no pude tomar vacaciones largas.  De eso hace más de treinta años.
Pausa.
Me siento débil. Le pediré a Fermina me prepare de comer algo revitalizador. (Cayendo en cuenta) Ah… la muchacha… ¿Cómo se me había olvidado?  Creo que tuve un sueño con ella. ¿Cómo le digo que no pude hacer la llamada, que el teléfono de aquí tampoco funciona? 
(Saca una cajetilla de cigarrillos de donde saca uno, luego rebusca en los bolsillos y extrae unos fósforos. Enciende el cigarrillo. Empieza a fumar. Tose ]
Quisiera pedirle que se quedara a vivir conmigo. Yo sería su futuro. Quizás acepte. Le podría dar una vida cómoda a ella y a su hijo. Le diré que es poco lo que me queda por vivir. Y que ella podría ser la heredera de lo que he podido ahorrar. ¿Pero cómo la convenzo?   ¿Y si  me dice que no? Será mejor que consulte con Fermina primero.  Las mujeres saben más que uno de estas cosas.  Caray, cómo se me había olvidado... todavía en el sueño sabía que algo hermoso me había ocurrido.
Empieza a trabajar.

Décima escena

En el apartamento. Mariela arregla unas flores. Las coloca en un florero. Fermina, sentada,  raya una yuca en un rayador rústico. Se nota llena de sudor. A lo lejos se escucha una canción que canta Danny Rivera,  “Tintorera”. La sala está iluminada por unos rayos de sol de un amarillo enfermizo.

Fermina: Te dije que no gastaras tu dinero en flores.   Al señor Ng le interesa eso.
Mariela: Es para que la sala se  vea bien. Si a él no le  gustan, entonces que sean para nosotras dos.
Fermina: (rayando la yuca todavía) A mí ni me van ni me vienen.
Mariela: Ya está. Voy a recoger un poco.  (Va y recoge las cosas que tenía regadas en el suelo y las pone en la maleta).
Mariela: Parece que empieza a aclarar.
Fermina (Todavía haciendo lo suyo) No te lleves de eso. Este temporal va para rato.
Mariela: ¿Cómo se puede vivir así?
Fermina: Lo mismo decía yo cuando llegué a este pueblo; pero al final terminé acostumbrándome.
Mariela: Mi hermana, en sus cartas,  me hablaba de esas lluvias interminables; pero nunca me imaginé que fuera de esta manera. Allá en el sur, donde nos criamos, era distinto. Siempre había  una sequía tan fuerte que los animales se morían de hambre y de sed. ¿Y usted es de esta región?
Fermina: No,  yo soy de lejos.
Mariela: ¿Y cómo llegó a vivir aquí?
Fermina (incómoda)  Mi marido era policía y lo trasladaron a este pueblo.
Mariela: ¿Y él dónde está?
Fermina: Hace años que no lo he vuelto a ver. El tiempo que hace que trabajo aquí. Una tarde, con el cuento de que iba a  comprar cigarrillos, se fue.  Y jamás volvió. Me dejó con una niña de doce años. Por eso tuve que bandeármela yo sola. La niña se casó   y se fue a vivir a la capital. Y no la culpo. En este pueblo no hay futuro.
Mariela: Permítame que le ayude a poner la mesa.
Fermina: Deja, que no necesito ayuda de nadie. Me oye, yo me la sé bandear sola.
Mariela: Es que tengo que hacer algo, si no,  me voy a volver loca encerrada en estas malditas cuatro paredes. Si pudiera resolver mi asunto, no la molestaría.  A mí no me gusta joder a la gente.
Pausa larga.
Fermina: (En otro tono) Haz lo que quieras.  Total, ya son las doce y no creo que el señor Ng venga hasta la noche.
Mariela (Entre dientes):  Maldita sea.
Mariela deja lo que estaba haciendo. Se sienta en el sofá. Fermina sigue rayando la yuca. Lo hace con rabia.
Undécima escena

Mariela y Fermina, en la sala del apartamento.
Mariela: Debió llamarme.
Fermina: ¿Dónde estabas?
Mariela: Le dije que iba a ir al almacén
Fermina: El entró por el frente. ¿Cómo no lo viste?
Mariela: Estaría de espaldas,  conversando con  Vidal. ¿Pudo hacer la llamada?
Fermina: No me dio tiempo a preguntarle. Llegó ciego de un dolor de cabeza. Y no quería nada con nadie.
Mariela: Ahora mismo lo despierto.
Fermina: ¿Adónde vas? Ese hombre tiene dos días que no duerme.
Mariela: Quiero saber si hizo la llamada o no.
Fermina: Espera a que se levante.
Mariela: Mientras tanto a mí que me coma el tíguere.
Pausa.
Fermina: En la vida hay que tener paciencia.
Mariela: (Sin que lo oiga Fermina) Paciencia ‘e la mierda.
Fermina: ¿Qué dices?
Mariela no le contesta.
Mariela: Voy a hacer la llamada. Ya sé que no puedo contar con nadie. Si no hago mis cosas,  nadie me las hace. Esa es mi suerte.
Fermina: En la fábrica no te dejarán entrar.
Mariela: Es al correo que voy.
Fermina: Con este mal tiempo no se puede ir a ningún lado.
Mariela: Si tengo que ir al infierno,  iré.
Fermina: Ave María Purísima,  qué manera de hablar.
Mariela: Es que estoy hasta aquí (se toca la frente con un dedo). Me oye, hasta aquí (Repite la misma acción.  Transición)  Vidal me dijo que me acompañaría al correo. 
 Fermina: ¿El muchacho del almacén? 
Mariela: Sí.
Fermina: Cuidado con lo que haces.
Mariela: ¿Cuidado con qué?
Fermina: No creo que al señor Ng le guste eso.
Mariela: ¿Qué tiene que ver el señor Ng con mi vida? Dígame. ¿Qué tiene que ver él conmigo?
Fermina: Más de lo que tú crees.
[Sale Fermina]
Mariela: ¿Me entiende?
Fermina: (Fuera de escena) Yo no entiendo nada.

Decimosegunda escena

Vidal espera a Mariela a la puerta del almacén. Se ven unos huacales con botellas de refresco vacías. Hay latas de aceite y cajas de cartón, también vacías. Se ven papeles y periódicos desparramados  en el suelo.  Todo está húmedo.

Vidal: (Para sí) Le dije que terminaba a las seis y ya faltan quince para las siete.  Y todavía no aparece. Quizás no le permitieron salir. De todos modos, con ese temporal, es mejor quedarse tranquilo en la casa.
Aparece Mariela detrás de la puerta.
Mariela: Shhhh...
Vidal: ¿Quién es?
Mariela: Soy yo.
Vidal : ¿Qué pasó? ¿Por qué no había bajado?
Mariela: Habla bajito.
Vidal: ¿Podrá ir o no?
Mariela: Esta noche no puede ser. No quiero causarte problema. Además, hoy está peor que ayer.
Vidal: Es mejor que lo dejemos para otro día.
Mariela: El señor Ng vino esta tarde. Y estoy esperando a que  despierte.
Vidal: Quizá hizo la llamada.
Mariela: Ojalá.
Vidal: Mañana en la mañana tengo que llevarle a mi patrón unos paquetes al correo.
Mariela: ¿De verdad?
Vidal: Sí.
Mariela: Podría ir contigo.
Vidal: Mejor,  no. Tengo que darme  prisa. Todavía no sé cómo estará el tiempo mañana.
Mariela: Ya me doy cuenta...
Vidal: No se desanime. Yo podría chequear y ver si el teléfono ya funciona. O quizás, si quisiera poner un telegrama, yo se lo haría.
Mariela: No había pensado en eso. ¿A qué hora vas al correo?
Vidal:  Tengo que estar allá antes  de que abran, a las siete,  para ser el primero. Yo la llamo y usted me da el mensaje. Me imagino que no será muy caro.
Mariela: Te doy lo que sea.
Vidal: Entonces la espero a las seis y media aquí mismo.
Mariela:  Mejor te escribo el mensaje enseguida. ¿Me esperas un minuto?
Vidal: Rápido, antes que mi patrón me busque para que vaya a cenar.
[Mariela sale]
Vidal:  Ojalá  se dé prisa.
La voz del Patrón (en off): ¡Vidal! ¡Vidal!
Vidal: ¡Voy! Ya voy.
[Mariela regresa]
Vidal: Me están llamando.
Mariela: Toma.  ¿Entiendes las letras?
[Le da el papel. Vidal mira la nota]
Vidal: Sí,  las entiendo.

Sale Vidal. Mariela se queda mirando el panorama por un rato. Se va.
La escena se queda vacía por un momento. Se escuchará el caer de la lluvia y el graznido de un pájaro marino a lo lejos.

Decimotercera escena

Es tarde en  la noche. Ng se ha levantado a tomar  agua. Hay una vela prendida sobre la mesa. Fermina está en un rincón rezando para irse a dormir. Mientras toma el agua, Ng se da cuenta de la presencia de 
Fermina.

NG: ¿Eres tú, Fermina?
[Fermina le hace un gesto para decirle que espere.
Ng aguarda.]
Ng: ¿Y la muchacha?
Fermina: Se fue  a dormir al cuarto. Hacía dos días que no pegaba los ojos. Está como una fiera. 
Ng: Es que no se puede hacer nada. 
Fermina: Ella no entiende eso.
Ng: No la culpo. Los jóvenes son impacientes.
Fermina: Nadie tiene la culpa de lo que le pasa.
Ng: Te quiero confesar una cosa, pero antes búscame dos aspirinas que tengo un dolor de cabeza terrible.
Fermina: Ahí está el frasco, al lado de la vela.
[Ng agarra el frasco   y se toma dos aspirinas]
Ng: No sé cómo empezar.
Fermina: Ya sé lo que quiere decir.
Ng: Entonces sobran las palabras.
Fermina: Desde que llegó esa muchacha lo noto extraño.
Ng: ¿Se me nota?
Fermina: Al buen entendedor pocas palabras bastan. Lo único que le puedo decir es que tenga cuidado.
Ng: ¿Cuidado con qué?
Fermina: ¿No ve cómo anda esa muchacha?  A ella no le interesa quedarse aquí.
Ng: ¿Te parece?
Fermina: Lo sé.
Ng: ¿Te ha comentado algo?
Fermina: No,  basta con verla.
Ng: Son imaginaciones tuyas.
Fermina: (Irónica) Tal vez.
Ng: ¿Y si le prometiera que todo lo que tengo será suyo?
Fermina: Eso es imposible.
Ng: ¿Imposible?
Fermina: Usted le prometió su herencia a mi hija.
Ng: Te estás volviendo loca
Fermina: Así le dijo cuando la desgració.
Ng: Cuántas veces te he dicho que no tengo que ver con eso. ¿Acaso no andaba ella con ese muchacho?
Fermina: El pueblo entero dice que fue usted. 
Ng: El pueblo. ¿Y tú te llevas de las malas lenguas? Si hubiese sido yo,  no tuviera la conciencia de estar aquí frente a ti.
Fermina: ¿Por qué los comentarios, entonces?
Ng: Lo mismo me pregunto yo.
Fermina: ¿Y lo de mi yerno? ¿Por qué lo acusaron de ese robo la misma semana que usted salió de vacaciones?
Ng: Cosas que ocurren,  mera coincidencia.  No tengo nada que ver con el infortunio de tu hija ni el de tu yerno. Cómo quieres que te lo explique.
Fermina: La muchacha iba subiendo como un capullo... hasta que la traje aquí.
Ng: Este es mi castigo, que después de viejo se cuestione mi integridad.
Fermina: Quizás hubiese sido mejor que nos quedáramos en el rancho a la orilla del río.
Ng: Se las hubiese llevado la corriente.
Fermina: A veces uno no sabe  qué es mejor.
Ng: Entiéndelo, no tengo que ver nada con lo de tu hija ni con lo de tu yerno.
Fermina: Muchas veces lo sorprendí observándola mientras la niña dormía la siesta en el sofá.
Ng: ¿Crees que soy un delincuente? ¿Eso es lo que piensa de mí? Te he dicho una y mil veces que la miraba porque me llamaba mucho la atención la belleza de su cuerpo. Me deslumbraba ver su figura joven y el brillo de su piel. La observaba como si fuera una estatua griega o romana; pero no lo hacía con intención morbosa. ¿Acaso no le brindé protección mientras estuvo en mi casa? ¿ A ti te he faltado el respecto alguna vez?
Fermina: A mí no.
NG: No hablemos más de este asunto. (Transición) Por favor, mañana prepara una comida, quiero proponerle a la muchacha que se quede aquí para siempre. Ahora vete a acostar que debes estar cansada.   
Fermina: Yo estoy bien.
Ng: Mañana te doy lo necesario para que compres las cosas.
Fermina: (Como hablando en sueño) Tendré que levantarme temprano para preparar la comida. No podré lavar porque todavía no sale el sol. Haré lo que se pueda. Lo que se pueda.
[Sale Ng. Fermina vuelve a sus rezos].

Decimocuarta escena

Ambiente de desolación. Son la doce del medio día. Ng se ha vestido como para una fiesta, salvo que tiene una chaqueta marrón y un pantalón beige. Fermina también se ha arreglado. Se ha pintado las mejillas con colorete. Mariela está vestida con el vestido verde mar.  La comida es copiosa, dentro de lo que cabe a la situación en que se encuentra el pueblo. Hay frutas tropicales. En la mesa se ven tres botellas de refrescos de diferentes sabores: frambuesa, uva y melocotón.

Ng: Ven, siéntate a la mesa que quiero que estés aquí con nosotros.
(Fermina hala una silla y se sienta en un rincón)
Fermina: Aquí estoy bien.
Ng: Es que voy a conversar algo muy importante con Mariela. Y debes ser testigo de lo que le voy a proponer.
[Fermina se sienta a la mesa]
Mariela: ¿Conversar algo conmigo? 
Ng: Mi intención desde el momento en que te vi, fue ofrecerte que te quedaras a vivir en esta casa.
Mariela: Pero... es que…
Ng: Déjame terminar. Dentro de poco pienso jubilarme, porque ya tengo la edad, y el cansancio y las malas noches han dejado sus huellas en mí. En otras palabras,  necesito a alguien que me atienda.
Mariela: Usted sabe la urgencia que tengo de llegar a Los Alamos. Le agradezco mucho. Pero no me quiero quedar aquí.
Fermina: (A Ng) Parece que no entiendes.
Mariela: ¿Qué no entiendo qué? ¿Le pasó algo a mi hermana?
Ng: (Con una sonrisa en los labios) Cálmate. No es eso.
Mariela: ¿Entonces,  qué ocurre?
Fermina: Cómo puedes ser tan tonta. El señor Ng lo que está haciendo es ofrecerte matrimonio.
Mariela: ¿Matrimonio, a mí?
Ng: Simple y llanamente.
Mariela: Esto es absurdo. Es que no vine a este pueblo a buscar marido. No. Mi esposo hace sólo seis meses que murió.
Ng: Conmigo ni a ti ni a tu niño le faltará nada.
Mariela: No.
Ng: Tengo mis ahorros y serán todos para ti.
Mariela: Yo vine a Los Alamos a rehacer mi vida, por mis propias manos. Yo no necesito de usted.
Fermina:  ¿Muchacha,  sabes la oportunidad que estás rechazando?
Mariela: No puedo aceptar.
Ng: Lo que te ofrezco sólo se da pocas veces en la vida.
Mariela: Aunque  sea así. No puedo aceptar.
Ng: Si es por el amor, eso vendrá después.
Mariela: No.
Fermina: Son tantas las que darían todo por estar en tu lugar.
Mariela: Por favor.
Ng: No insistas, Fermina. La señorita tiene muy claro lo que quiere.
Mariela: Perdóneme, si lo he ofendido.
Fermina: Nunca pensé que mis ojos verían tal humillación.
Ng: Ya basta, Fermina.
Mariela: Yo había pensado que,  si mi hermana no venía a buscar, regresarme en dos días.
Ng: No tienes que irte tan apresuradamente por lo que acaba de pasar. Tu tranquilidad, en esta casa, está garantizada todo el tiempo que estés aquí.
Excúsame. Me duele la cabeza.
[Sale Ng. Fermina y Mariela se quedan sentadas. Ambas mirando en diferentes direcciones].
Fermina: Para que veas cómo son las cosas de la vida, cuarenta años trabajando en este casa.  Y el señor Ng nunca me pidió que me sentara a la mesa a comer con él.

Mariela prorrumpe en sollozos. La sala se oscurece.  Empieza a llover de nuevo.

Decimoquinta escena

De noche. Mariela y Fermina, en la sala.

Mariela: Lo que me da tanta tristeza es que yo vine con tanta ilusión. Para encontrarme en medio de toda esta turbulencia.
Fermina: (mientras recoge los platos de la mesa)  Ng te dijo que no había problema. Que te podías quedar cuanto fuera necesario.
Mariela: Después de lo de esta mañana, siento que no debo quedarme aquí. Odio decir que no,  pero tratándose de algo tan importante como el matrimonio, no podía ser de otra manera. De verdad, que no vine a este pueblo a casarme. Ahora sólo quiero regresar a mí pueblo.
Fermina: Quizás sea razón de unos días más. Estas lluvias suceden cada año. Luego todo vuelve a la normalidad.
Mariela: Volveré dentro de un año o quizás antes. Pero ahora estoy cansada. Y necesito estar con mi hijo.
Fermina: Hace alrededor de diez años había una señora que se había enamorado de Ng. El la iba a visitar todas las noches a la casa. La casa suya estaba no muy lejos de aquí. Era una señora alta,  elegante. Muy conversadora ella. Decía que había sido mujer de un embajador, y que había viajado por muchos países. En fin, el cuento es que esa señora hizo lo imposible para casarse con el señor contable como decía. Y Ng le dijo claro  y pela’o  que no. La mujer quedó tan desilusionada que hasta se mudó del pueblo. (Como hablando para sí)  Ya ves, lo que va, viene.
Mariela: Tengo que recoger la maleta.
[Mariela se pone a arreglar la maleta. Fermina le quita el mantel a la mesa y lo pone sobre una silla]
Mariela: (Dándole la cajita de música) Fermina, quiero dejarle esto.
Fermina: (Tomando la cajita) ¿Para mí?
Mariela: Claro.
Fermina: Que Dios te lo pague.
(Fermina contempla la cajita de música).
Mariela: Como salgo temprano, voy a despedirme de Vidal.
Fermina: Trata de estar aquí para cuando Ng se despierte.
Mariela: Así lo haré.
Sale.

Decimosexta escena

La misma noche, en el almacén

Mariela: Vengo a despedirme.
Vidal: ¿Es cierto que se va entonces?
Mariela: Sí.  En este callejón sin salida, es poco lo que puedo hacer.
Vidal: Dejará de llover en cualquier momento.
Mariela: Quién sabe.
Vidal: Quédese.
Mariela: No puedo.
Vidal: Quizás su hermana la venga a buscar.
Mariela: Si no ha venido a estas alturas, dudo que venga.
Vidal: Es sólo esperar un poco más. 
Mariela: Ya lo he decidido.  Lo que me duele es haber hecho un viaje tan largo para nada.
Vidal: Qué raro...
Mariela: ¿Qué es lo raro?
Vidal: En los tiempos de sequía la vida es tan normal aquí, que uno no se puede imaginar esto, tantas lluvias , tanta oscuridad, y que uno no pueda salir a ninguna parte. Si yo tuviera donde ir, también me iría.
Mariela: Aquí estás bien con tus padres.
Vidal: No son mis padres. Ellos me criaron, me dan la comida;  pero, ya ve, tengo que ganármela.
Mariela: Es lo mismo donde quiera que vayas.
Vidal: Al menos, en otro lugar podría hacer lo que quiero.
Mariela: Quizás.
Vidal: Algún día será
Mariela: Gracias por todo lo que hiciste por mí.
Vidal: Si yo no hice nada.
Mariela:  Cuando me cansaba de estar encerrada, allá arriba,  venía a molestarte con mis cosas.
Vidal: Eso no es molestia. ¿Qué piensa hacer cuando regrese?
[Pausa]
Mariela: No sé. Ni siquiera me he puesto a pensar en ello... esperar hasta que Dios quiera. Me voy con la incertidumbre de no saber si mi hermana me vino a buscar o no, o si  recibió el telegrama, o si le pasó algo.
Vidal: No creo, si le hubiese pasado algo, ya en el pueblo se hubiera sabido. Aquí las noticias corren como si las llevara el viento.
[En eso aparece Fermina. Llega silenciosa. Despeinada. Se tapa la boca con un pañuelo. Se queda como congelada en el umbral de la puerta].
Mariela: (Notándola] Virgen santísima! Qué susto me ha dado.
Vidal: ¿Qué pasa?
Fermina: Ng está muerto
Mariela: ¡Cómo!
Fermina: Cuando abrí la puerta de su cuarto,  porque me parecía extraño que durmiera por tanto tiempo, ahí lo encontré.
Fermina prorrumpe en llanto. Vidal sube, rápidamente, las escaleras. Mariela no sabe qué hacer,  si correr hacia el apartamento o si abrazar a Fermina. La escena se oscurece poco a poco. Se escucha el caer de la lluvia por un espacio largo.

Decimoséptima escena

Dos días después. La sala está alumbrada con velas. Algunas de las cosas de la sala están cubiertas con paños negros.  Fermina y Mariela están rezando el rosario. Se escucha el caer de la lluvia. Llama a la puerta. Fermina y Mariela siguen rezando. Vuelven a llamar.

Fermina: ¿Quién es?
La voz de Vidal: Vidal.
Fermina: Entra.
(Entra Vidal)
Fermina: ¿Qué quieres?
Vidal: Yo nada. Sólo vine  a traer estos telegramas. Uno para usted y otro para la señora Mariela. (Se los entrega. Mariela se detiene a leer el suyo).
Fermina: ¿De qué se trata?
Mariela: Es la policía. Nos está citando para un interrogatorio.
Fermina: ¿A mí también?
(Mariela  toma el telegrama y lo lee)
Mariela: Sí, a usted también. (Pausa) Es por la muerte del Sr. Ng.
Fermina: Ay, Virgen santísima! ¿Y qué vamos a decir?
Mariela: Diga la verdad.
Fermina: ¿De qué verdad tú me hablas?
Mariela: De cómo ocurrieron las cosas.
Fermina: (Dirigiéndose a Vidal) Ya lo decía yo que éste es un pájaro de mal agüero...
Vidal: Yo no sé nada. Yo sólo les entregué los telegramas que me dio el policía, allá abajo.
Mariela: El no tiene nada que ver con esto.
[Sale Vidal corriendo]
Fermina: ¿Pero qué hemos hecho nosotras para que nos cite la policía?
Mariela: Mañana lo averiguaremos.
Fermina: ¿Y si nos dejan presas?
Mariela: Si a alguien agarran presa,  sería a mí. Quizás yo sea el pájaro de mal agüero.
Fermina: No digas eso. Tú no tienes la culpa de nada.
Ambas  lloran. 

Decimoctava escena

El escenario se reduce a un espacio iluminado con luces azules. No hay elementos decorativos, sólo una silla. En fondo se escuchará una máquina de escribir, que escribirá las respuestas de la interpelada, que en este caso será Fermina. Del interrogador, que es un policía, sólo se  escuchará la voz. Fermina,  sentada en la silla, se nota rígida y confundida. Tiene una cartera apoyada en la falda.

La voz del policía: ¿Qué tiempo hace que usted conoce a la señora Mariela Alfau?
Fermina: Dos semanas.
La voz del policía: ¿Cómo llegó a la casa?
Fermina: La trajo el señor Ng. La vio  perdida en el camino y le ofreció alojamiento. La muchacha, digo, Mariela buscaba a su hermana.
La voz del policía: ¿Hubo alguna relación entre Mariela Alfau y el señor contable?
Fermina: No.
La voz del policía: ¿Está segura?
Fermina: Sí, estoy segura; aunque él le ofreció matrimonio. Pero ella lo rechazó. Ella le dijo que no había venido a este pueblo a casarse, sino a buscar trabajo. Quería rehacer su vida.
La voz del policía: ¿Tuvo ella algo que ver con la muerte del señor contable?
Fermina: No, de ninguna manera.
La voz del policía: Dígame la verdad, que de usted depende si la dejamos presa o no. Los abogados de la fábrica  han ordenado este interrogatorio. Y ellos confían en que sólo usted podría saber la verdad.
Fermina: Esa mucha es inocente.
La voz del policía: ¿Qué tiempo hace que usted trabajaba en casa del señor Ng?
Fermina: Cuarenta años.
La voz del policía: ¿Sabía si estaba enfermo?
Fermina: En los últimos años se le notaba cansado. Y llegaba a la casa con unos dolores de cabeza terribles. Además,  ya se le estaban olvidando las cosas.
Pausa larga.
La voz del policía: Está bien. Dígale a la señora Alfau que se puede ir.

Fermina saca de la cartera un pañuelo y le lo lleva a la boca. Inclina la cabeza, y se queda en esa postura.

Decimonovena escena

Un toldo en una calle desolada. Un día de lluvia,  aunque no llueve en ese momento. Hay  mucha neblina.
NG, camino a su casa, se ha detenido bajo el toldo. Viene del trabajo. Está vestido  con capote, sombrero negro y botas de goma. Lleva un paraguas, el que,  obviamente,  tiene cerrado.  Prende un cigarrillo. Al empezar esta escena se escuchará parte del tango “El irresistible”,  interpretado por  Aníbal Troilo.
(Aparece Mariela. Lleva  un vestido verde mar. Trae una maleta en la mano. Se detiene). 
                                                  
                                                   Telón
                                                  José M. de la Rosa
Nació en Santo Domingo, República Dominicana.    Estudió literatura hispanoamericana en City College (CUNY).  Fue miembro, junto a José Carvajal, Guillermo Gutiérrez, José Cornielles, Ligia Colón y Sixto Burgos, del grupo  literario Pensum. En la actualidad, es vice-presidente de Latino Cultural Center of New York, una organización cultural sin fines de lucro que funciona en Queens que ha patrocinado lecturas y eventos culturales, incluida una  Feria del Libro en este condado. En 1995,  De la Rosa publicó el poemario  Entre sonrisas y sueños. Tiene, además,  otro poemario inédito, Otra latitud. Algunos de sus trabajos aparecen  en las siguientes antologías: Niveles del imán, La espiga del siglo, Tertuliando, Historias de Washington Heights y otros rincones del mundo.  Ha escrito seis  piezas teatrales de las que se han hecho lecturas dramatizadas: Enemigos gratuitos, Insomne, El último pueblo,  La Loca de la estación, En otoño siempre llueve, El hombre que esperaba en el camino.