MEMORIAS DE FAMILIA
Marta Sofía López Rodríguez




I have been a swallower of lives; and to know me, just the one of me, you’ll have to swallow the lot as well. 
Salma Rushdie		

Mi madre


	Mi madre nació en uno de esos pueblos de Castilla cuyos ríos miran siempre con envidia a la montaña; que raramente, sólo muy raramente se desbordan, y nunca llegan a conocer este Cantábrico perpetuamente encabronado. Era la más pequeña de doce hermanos. Su madre, la tabernera del pueblo, se había casado en segundas nupcias con un viudo del pueblo vecino, y la reunión de sus miserias les convirtió en la familia más pobre del pueblo.
	Pobres, pero con una inusual dignidad. Su pobreza era de las que no están reñidas con la limpieza. La memoria que genéticamente preservo de mi abuela está impregnada de su dignidad de pobre. La ropa que te honra quítala y ponla. Ya que seamos pobres, listicos, hijos, listicos. Ya que no tengamos, la mota que cuelgue. 
	La única fotografía que existe de mi abuela, maltratada por años, inundaciones y mudanzas, muestra una mujer vestida de negro, delgada, enjuta, con un pañuelo en la cabeza. Rota de tanto parir.
	Cuando murió, no había cumplido los sesenta años.
	Mi madre tenía siete. No existe ninguna fotografía de ella anterior a los dieciocho años. Pero según su descripción, era una niña vestida de negro, bajita, menuda, morena de haberse ganado el dinero trillando.
	A la muerte de su madre, una de sus hermanas, que iba para monja, se la llevó a un colegio de San Sebastián. Con el dinero que había ganado en verano le hicieron dos quimonos negros: se superponían lutos sobre lutos. Uno de sus hermanos juntó dos pesetas para comprarle unos zapatos de charol negro.
	Se le deshicieron el primer día de lluvia. Eran de cartón.
	Con sus falsos zapatos de charol negro, uno de sus quimonos negros puesto y el otro en un hatillo, llegó mi madre a Bilbao. El viaje había sido muy largo para una niña de siete años, que no pudo evitar hacerse pis encima, y morirse de vergüenza al verlo escurrir por entre las rendijas de su asiento en el tren. En Bilbao, un mozo del pueblo que estaba allí haciendo la mili la subió en un autobús para San Sebastián.
	No puedo, por mucho que me esfuerce, mirar a través de sus ojos de niña asombrada, que descubre de pronto el regaliz y el francés, los zapatos de suela de tocino y las puertas giratorias, los largos rosarios de las monjas que anuncian solemnente su paso y la playa de la Concha, el mundo elegante de antes de la guerra atisbado desde una buhardilla en el convento.
	Aunque, más de sesenta años después vi junto a mi madre su colegio de San Sebastián, la Presentación de María, que buscamos a golpe de memoria incierta.
	Esta es la esquina en la que se ponía la mujer del regaliz. La estación no estaba lejos, a veces las monjas me llevaban para recibir a alguien. Había un paseo debajo, y todas las señoritas llevaban sombrero. En el 34, cuando la república, las monjas fueron a votar a un edificio que estaba enfrente, vestidas de calle, y todas estábamos mirándolas desde la ventana, y Sor Josefa tenía unas ondas preciosas en el pelo. Una mañana entré en la capilla a la hora de la misa, había estado no sé cuánto rato delante del espejo marcándome una onda con jabón de tocar, y cuando entré todas las monjas risa y risa, y me quitaron el espejo de la habitación y me pusieron uno en el que me veía toda deformada…
	Y una monja se reía, vanitas vanitatis…
	Una niña de siete años viviendo con veinte monjas francófonas. Hasta que un día una de ellas observa “ne parlez pas devant la petite parce-qu’elle le comprend tout”. Sor Inés, que era de un pueblo cerca, le retiraba disimuladamente los platos de espinacas que ella no podía probar sin sentir náuseas. Sor Alicia le pedía que recogiera por ella las hojas muertas del jardín. El confesor la sentaba en sus rodillas y le daba mordisquitos de su picatoste mojado en chocolate.
	(El armario aparador, en el que Sor Inés la escondía para darle pequeñas golosinas abandonadas por las mediopensionistas un plátano, un trozo de pan, un pedazo de bizcocho estaba allí, era de verdad. Mamá lo abrió y en un instante pudo ver a la niña bajita, delgadina y enormemente espabilada.)
	Había una madame francesa que cada año iba a pasar las Pascuas con las monjas. Tenía una hija, de nombre Mimí, que estaba a punto de casarse. Y la madame francesa se encaprichó de mi madre.
	No puedo, por mucho que me esfuerce, mirar a través de sus ojos de niña asombrada que descubre de pronto una bandeja de pasteles y un juego de tocador de plata, los jabones de olor rosados y los peinadores de encaje.
	Pero mi abuelo, con inigualable e incluso heroica dignidad de pobre, se negó a la adopción.
	En vísperas del domingo de resurrección, mi madre acompañó a la monja que le llevaba al confesor un pollo capón, regalo del convento. Recibió a cambio una peseta, regalo del confesor. Todo el camino de vuelta lo pasó calculando cuántas barras de regaliz podía comprarse con esa peseta. Imagino sé con total certeza que la llevaba apretada en el puño, dentro del bolsillo. Y le brillaban los ojos con la emoción.
	Al llegar al colegio, la madre superiora le reclamó su peseta, explicándole con mucha dulzura que sería necesaria para comprar cordones nuevos a los zapatos de suela de tocino e hilo de zurcir.
	Y una monja puñetera y chivata, disfrazada de San Nicolás, la acusó públicamente, ante todas las niñas que iban al colegio de pago para convertirse en señoritas del mundo elegante con conocimientos de francés y bordado, de no remendar sus calcetines, e irlos doblando por la punta para ocultar sus muchos agujeros.
	A principios de junio del 36, llegó una carta del pueblo avisando de que mi abuelo se moría y quería ver a sus hijas. Vivió hasta el día de San Silvestre, pero para entonces la vuelta ya era imposible. Había estallado la guerra. Mi madre tenía nueve años. 
	La hermana mayor heredó la taberna, y quizá un par de colchones y alguna silla. El banco de la cocina fue para uno. El portalón, para otro. Una cama y un arca para otra. La miseria la heredaron todos.
	Mi tía, la que iba para monja, cambió su ya imposible vocación por la de señorita profesora maestra. Y en su peregrinaje de escuelas rurales llevaba consigo a mi madre, que a cambio de la manutención fregaba los suelos de pino blanco con arena y lavaba la ropa en el río y cocinaba y no podía entender cómo aquellos niños ricos del pueblo que asistían a clases particulares después de la escuela no eran capaces de aprender las lecciones que ella memorizaba con sólo escucharlas una vez.
	Más tarde, cuando tenía dieciséis años, se convirtió en la mejor alumna de la academia de taquimecanografía. Le habían asegurado que podría opositar a un ministerio: muchos hombres habían muerto en la guerra. Ella planchaba cada papel que encontraba, para practicar en casa mil veces la lección del día. Cuando las demás chicas iban al baile, ella se quedaba golpeando un teclado invisible.
	Las oposiciones fueron para mayores de dieciocho.
	Mi tía la mayor, la que había heredado la taberna, intentó sobornar al juez de paz para que alterase la edad de mi madre en el registro. Pero el juez le explicó, con mucha educación, que aquello no era posible. 
	Así que, como había que ganarse la vida, mi madre aprendió a coser. Aprendió con dos modistas de postín, que habían trabajado en un taller de alta costura antes de la guerra y que sufrían ahora el ostracismo de la pequeña ciudad de provincias, porque fueron enfermeras en el frente de Madrid, a pie de trinchera. Cuando salieron de la cárcel tenían el pelo rapado al cero, en señal de su vergüenza. Para empeorar las cosas aún más, una de ellas era amante de un hombre casado, cuya esposa se contaba entre la clientela del taller. Y para terminar de rematarlas, tuvo una hija con él.
	Poco después murió de tuberculosis, y su amiga, como venganza contra el mundo entero, hizo de esa niña una señorita del mundo elegante con conocimientos de francés y bordado. Y durante todos esos años mantuvo escondido el carné del partido comunista entre las vigas de su casa.
	En esos años, mi madre no sólo aprendió a coser, sino a comportarse como una mujer decente. Si el premio al amor es el ostracismo y la tuberculosis, vale más estar casada. Y si la recompensa para las disidentes es un cráneo afeitado, es mejor decir siempre que sí. 
	¿Y quién soy yo para reprochárselo?
	Mi madre siempre ha tenido clase, distinción natural. Cuando por la fiesta del pueblo estrenaba un traje nuevo para ir al baile, las gitanas que ponían sus puestos frente a la taberna coreaban al verla asomar: “Ahí sale la aristocracia”. Era la herencia, sin duda, de los atisbos del mundo elegante espiado desde una buhardilla de San Sebastián. 





Mi padre


	Mi padre nació en uno de esos pueblos de Castilla cuyos ríos bajan fríos de la montaña, territorios intermedios que con sólo elevar la mirada permiten intuir la presencia de este Cantábrico perpetuamente encabronado. Era el tercero de cinco hermanos. Su padre, el carpintero del pueblo, se había casado en segundas nupcias con la hija de la maestra del pueblo vecino, cuyos hermanos y hermanas mayores habían emigrado a Cuba a principios de siglo después de que las sucesivas subdivisiones del antiguo mayorazgo hubieran terminado de menguar el capital de la familia.
	Obsérvese la diferencia: pobres, pero con la dignidad de los que han tenido escudo de armas. Con la dignidad de los que diez generaciones atrás andaban en trapos con obispos y nobles. De ahí, supongo, la admiración sin paliativos que mi padre mantuvo de por vida hacia los eclesiásticos y las grandes familias.
	No se conservan fotos de mi abuelo. De mi abuela existe una, y muestra una mujer gorda vestida de negro, pero con la cabeza descubierta.
	Cuando mi abuelo murió, mi padre tenía diez años. Aunque era un buen alumno, lo sacaron de la escuela y empezó a trabajar en una panadería. Una especie de niño yuntero, pero en versión costal de harina. Sólo que él no había nacido, ni mucho menos, carne de yugo.
	Y como prueba aún se conserva su raída Enciclopedia: acumulación de saberes trigonometría e historia sagrada, gramática y física, historia de España y álgebra que le permitieron a lo largo de su vida hacer frente cada mañana, hasta el fin de sus días, al crucigrama de El País, y casi siempre completarlo satisfactoriamente. 
	Acumulación de saberes patéticamente inútiles, que nunca perdía la ocasión de exhibir con orgullo de niño que a los diez años dejó la escuela. Normas de ortografía y listas de reyes iban envejeciendo con él, pero ni siquiera su infatigable instinto de lector de periódicos fue capaz de hacerle comprender que el exiguo edificio de sus conocimientos estaba tan acartonado como su corazón.
	Cuando estalló la guerra, mi padre y su mejor amigo huyeron del pueblo con la intención de alistarse en el frente. Como sólo tenían once años, les devolvieron a casa de inmediato. El episodio le llenó de rabia, pero no le impidió seguir vistiendo la camisa azul con el yugo y las flechas bordados en el bolsillo. Mi padre mantuvo hasta su muerte una admiración sin paliativos hacia los militares. Probablemente, su día más feliz fue cuando tuvo el honor de dar cobijo bajo su techo no a uno, sino a dos generales del glorioso ejército español.
	Ni siquiera su avezado instinto de hombre sobrio fue capaz de hacerle reflexionar sobre el hecho de que uno de aquellos generales, que había servido en la Legión, se llevaba con él la botella de Dyk a la hora de la siesta. A los militares y los que estaban en posesión de un título universitario mi padre los clasificaba dentro de otra categoría moral. Seres míticos y casi fabulosos, que podían ser borrachos o adúlteros, groseros o caraduras. Pero él nunca pudo resistirse ante una jerarquía, ante la más pequeña insinuación de un escalafón social, cultural, económico…
	Existe una foto de mi padre, en torno a los dieciocho años, en la que mucha gente reconoció cierto parecido con Lorca. Un muchacho delgado, el pelo pegado al cráneo con brillantina, vistiendo una gabardina y bufanda a cuadros. 
	Niños del mundo, si cae España, digo, es un decir…
	Siempre le gustó codearse con los ricos, con la soltura de quien aún puede mostrar el escudo de armas en la portada de la casa del abuelo, y en todos los sitios era bien acogido ese muchacho de aspecto aseado, trabajador y espléndido, que cada noche en su casa se esforzaba por añadir unas piedras más al edificio de sus conocimientos, a la luz de una bombilla de 15W. Leía al padre Coloma y un Quijote con ilustraciones de Doré que fue siempre su orgullo, comprado con esfuerzo, y a José María de Pereda, y a la Pardo Bazán, e incluso al censurado Blasco Ibáñez. Quizá lo único que encontró realmente satisfactorio a propósito de la democracia fue que por fin le permitió volver de un viaje, escondidos como un tesoro en el fondo de la maleta, con los dos tomos de La araña negra.
	Para entonces ya era dependiente en el bazar del pueblo, y ganaba más que un maestro, porque su simpatía natural, su genuino don de gentes, hacían de él un vendedor nato. Trabajaba más que nadie, para poder luego, en un alarde de suntuosa generosidad, invitar a sus amigos ricos a comer en los años del hambre, organizar juergas pantagruélicas en las que satisfacer un apetito insaciable, cruzar apuestas acerca de la cantidad de filetes o el número de huevos fritos que cada uno era capaz de engullir. 
	Fue al otro lado del mostrador donde vio a mi madre por primera vez. Mamá, que conservaba sin duda un aire tímido de colegiala, que destilaba una clase y un encanto difíciles de encontrar en muchas leguas a la redonda. Mi madre y su hermana mayor. Iban a comprar el armario que ahora está en mi habitación. Y que sólo milagrosamente se salvó del hacha destructora de mi padre años después, movida por su infatigable instinto de iconoclasta de miserias propias y ajenas. 
	No sé si mi madre se fijó en él en ese momento. Pero cuando los domingos empezó a frecuentar la taberna, recorriendo veinte quilómetros en bicicleta con constancia singular, ya no le quedó más remedio que reparar en su existencia.
	Y hubiera tenido que reparar en él de todas formas, porque era muy distinto a los labradores brutos del pueblo, cuyas conversaciones de cuartillo de vino espiaba mi madre desde su dormitorio. Sabía de memoria los secretos de todos y de todas, porque eran secretos como las cuarenta en copas y el arrastro cotidianos, coreados de grandes carcajadas y no me lo creo y vete a verlo cuando quieras, en las eras a tal hora. Sabía que los mozos por los que sus amigas suspiraban las dejaban para ir a cortejar a otro pueblo, sabía que las que presumían de virtuosas y decentes eran aquellas cuyos nombres quedaban cada tarde salpicados de vino y lujuria en el patio trasero del bar.
	Ella quería ser, por encima de todo y más que nada, una mujer decente. Una Pamela de menguada confesión semanal, una Jane Eyre descafeinada, que ya había rechazado a dos hombres porque eran ricos, y ella, con su heroica dignidad de pobre, no estaba dispuesta a ser mantenida de nadie. Para entonces, no sólo era capaz de ganar dinero cosiendo, sino también enseñando a coser a otras chicas pueblerinas cuyo capital entero no conseguía igualar su buen gusto, su elegancia y su discreción.
	Estaban, sin duda, condenados a entenderse, a encontrarse. A sumar sus ambiciones de dejar atrás la miseria y el hambre, la humillación y el olor a vino rancio.
	Mi madre se cosió ella misma un envidiable trousseau, que incluía un camisón bordado para la noche de bodas. Una amiga más experimentada, sin embargo, le recomendó que lo guardase para mejor ocasión. Sería una pena, le explicó misteriosamente, estropear esos encajes, mancillar esa muselina, arrugar esos lazos de raso.
	La fotografía que se conserva y se exhibe como la de la boda de mis padres es en realidad una falsificación. Se hizo algún tiempo más tarde, en ocasión de la boda de mi tía, la que iba para monja y se había convertido en señorita-profesora-maestra, con un militar mutilado de guerra, que hasta el día de su muerte se dirigió a ella anteponiendo el doña a su nombre de pila.
	La original, maltratada por años, inundaciones y mudanzas, con una esquina perdida e insondablemente oscura, muestra la blanca sonrisa de un joven delgado y de aspecto pulcro, y el lazo y los puños de encaje de una novia que inclina la cabeza tímidamente a la puerta de la iglesia. 







Mis padres

	Mis padres siempre fueron gente infeliz. No gente desgraciada, sino gente infeliz. La diferencia es enorme. Pero es que cuando empezaban a asomarse a la adolescencia cayó España, y los ojos del mundo se volcaban con asombro sobre el cine de Buñuel, aunque mis padres, sin duda, nunca atisbaron más allá de las películas de Juanita Reina y Gracita Morales. Quizá la última vez que asistieron a un estreno fuera el de Los diez mandamientos.
	Para su primer aniversario de boda, mi madre había guisado un pollo, el gran lujo de aquellos tiempos, directamente importado desde el pueblo por mi tía la mayor, a la que yo todavía recuerdo llegando a nuestra casa con una cesta de huevos envueltos en papel de periódico.
	Mi padre, sin embargo, había olvidado la celebración, y no apareció hasta las doce, como cualquier otro día, después de la partida de tute. Era muy bueno, incluso una vez estuvo a punto de ganar un campeonato provincial y salió en el periódico retratado.
	Mi madre, mientras tanto, avanzaba hacia la posición de árbitro del buen gusto local. Claro que aquí era más difícil, incluso a principios de los cincuenta el pueblo de mi padre seguía siendo razonablemente próspero, punto de encuentro entre la ribera y la montaña, bendecido con la prosperidad del carbón. Pero ella tenía una enorme fuerza de voluntad, la misma que le permite todavía superar las lesiones y enfermedades el doble de rápido que lo normal.
	Se fue a Barcelona, y en tres meses sacó el título de profesora de corte. Nadie había tardado menos de un año en obtenerlo, y además le dieron una matrícula de honor.
	Tres meses en los que no pudo tomarse nunca un refresco. Tres meses de volver a vivir con monjas, apartar hacia el borde del plato los gusanos de las lentejas y ocultar con una manta y un jersey la luz que pudiera filtrarse por la puerta. Toda la noche trabajando con un flexo miserable y clandestino, y a las seis de la mañana, cuando las monjas tocaban a vísperas, mi madre se refrescaba la cara e iba a rezar con ellas. 
	Mi hermana porque para entonces, por supuesto, ya había nacido su primera hija estuvo durante esos tres meses a cargo de mi tía la señorita-profesora-maestra y su marido militar mutilado de guerra, que le enseñaron, entre otras cosas, a leer y a tratar a sus padres de usted.
	Mi padre vivía esperando el hijo. El hijo con el que compartir las excursiones de pesca y caza, que de momento compartía con el capitán de la Guardia Civil y con algún que otro rico del pueblo.
	Mi madre, entretanto, había puesto su corazón en la tienda vacía frente a la iglesia. Soñaba con ver los modelos, recién planchados y salidos del taller, convertidos cada domingo en la envidia de las señoras al salir de misa. Había logrado ahorrar el dinero suficiente, y tenía la clientela asegurada.
	Dos semanas antes de la inauguración se decidió, de forma completamente unilateral, que iba a ser mi padre quien se estableciera en el local frente a la iglesia. Con su impecable aspecto y su brillante sonrisa consiguió al fiado de unos almacenes de la capital el necesario surtido de camisas, calcetines y piezas de pañería, y los estantes que no llenó el crédito se cubrieron con cajas vacías.
	Y entonces, por supuesto, deseó al hijo más que nunca, al hijo que no acababa de llegar, que se malograba una y otra vez mientras mi madre aumentaba el número de sus alumnas, y las aprendizas ponían risas de fondo en el cuarto de atrás, y las oficialas hacían horas extras para terminar las vistas de todas las novias del contorno.
	En aquellos años ya podían permitirse el lujo de comprar tres nécoras los domingos, a duro cada una, y mi hermana tuvo pronto su primera bicicleta, que le costó a mis padres muchos pares de medias, porque bajaba la cuesta a todo pedal y atropellaba a las chicas que estrenaban pantys de nylon.
	Tenían incluso un coche, un viejo Ford de manivela, que transportaba una y otra vez a todos los amigos de mi padre en sus recurrentes visitas a la taberna, donde mi tía la mayor les cocinaba sopas de ajo, y pollos de corral, y morcillas, y cangrejos de río. Y mi hermana estaba interna en el mejor colegio de la capital, en el que gracias al infinito número de ejemplares del Selecciones del Reader’s Diggest que había devorado a lo largo de su infancia, los que llegaban de mi padre, ejemplar personalizado por cortesía de Camisas Ike, logró enseguida destacar como una niña avispada.
	Años dorados y míticos de la memoria familiar. Claro que bajo la narrativa de mi madre se percibía siempre, como en sordina, una historia más triste, más amarga, igualmente mítica pero con mucho menos oropel. Cierto que siempre añoró la sala de cortinas de terciopelo verde y la imagen del sagrado corazón en una hornacina. Claro que suena de fondo radio Andorra y su sección de discos dedicados. Y siempre hay monedas en el bolso de su mandilón, y las oficialas susurran sus noviazgos entre risas. Pero desde aquel primer aniversario de bodas, quizá desde la misma noche en que comprendió por qué no era conveniente estrenar un camisón de muselina de Holanda, algo debía de haberse roto en su interior. Las noches en vela, esperando. Los domingos por la tarde, esperando. El día de la fiesta del pueblo, esperando.
	Una Nochevieja se decidió, de modo completamente unilateral, que irían a bailar a la pista después de la cena, como las parejas de novios y los casados sin hijos. Mi madre se cosió para la ocasión un vestido de terciopelo verde, copiado por un modelo que había visto en la mejor tienda de modas de la capital.
	Cuando entraron en la pista no hubo un par de ojos que no se volvieran para mirarla, para admirarla, para pensar con envidia en la suerte del próspero hombre de negocios saliendo de entre polvo de serrín y harina se permitía acumular tantos tesoros.
	Mi padre la cogió del brazo, se dio una vuelta y dijo “nos vamos a casa”.

	Mi querida Susana: sé que en estos mismos momentos me estás reprochando el no haber sido capaz de librarme de mis fantasmas. Tú atribuías mi inclinación de hombros no a las horas de estudio ni a la escasa coquetería, sino al peso de la memoria familiar. Y sí, probablemente tengas razón. La memoria de mi familia está escrita en mi cuerpo. Tengo la sonrisa dulce de mi madre, los ojos castaños de mi padre. Mi pelo es fino, como el de mamá, pero mis piernas y mi nombre son herencia de mi abuela paterna, a la que nunca llegué a conocer. Los veranos de mi infancia discurrieron al fresco de la taberna, y en el garaje de la casa construida por mis padres años después se conserva todavía el expositor de plástico de los Chupa-Chups, coronado por una cumbre roja con puntitos amarillos. Soy hija de la infelicidad de mis padres tanto como de su creciente prosperidad, soy hija de las parrandas de mi padre y las lágrimas de mi madre, tengo sus mismos defectos y virtudes, soy su espejo un espejo concéntrico y deformante, en el que mi vida y la suya se mezclan en una espiral vertiginosa, como el interior de una canica de cristal.
	Querida Susana: si me liberase del peso de la memoria, como tú afirmas haber hecho, me convertiría en un ser tan etéreo como tú. Y por lo demás, mis fantasmas me parecen tan buenos como los de cualquiera. O incluso mejores, porque son los MÍOS.

(A propósito de fantamas)

	Esta anécdota la conocí sólo en torno a los catorce años. Me la contó una compañera de colegio. Yo tenía siete u ocho años. Una mañana aparecí llena de arañazos en el patio. A la pregunta de qué me había ocurrido, respondí: “Me pegué con mi hermano”.
	No tiene nada de especial el que mi compañera esperase siete años para contarme esta historia. Lo más extraño es que yo misma no recordara el episodio en absoluto.
	Mi hermano había muerto a los tres días de nacer, justo un año antes de que mi madre volviera a quedarse embarazada, esta vez de mí.
	Durante muchos años el pequeño nicho estuvo abandonado. Tuvieron que pasar más de veinte hasta que mi madre fue capaz de inaugurar la costumbre de volver allí cada noviembre, por los santos, con un ramo de flores.
	Ese niño se convirtió en la más densa laguna de la memoria familiar, en un pozo de aguas oscuras donde quedó enterrada para siempre la esperanza de mi padre. El día que nació el niño él estaba en la capital, dirigiendo la instalación de un nuevo negocio. Había asistido dormitando desde la butaca al nacimiento de mi hermana, mientras mi madre se desgarraba con los dolores del parto. Del nacimiento de su hijo tuvo noticias por teléfono. Inmediatamente se abalanzó sobre el destartalado Ford y se volvió al pueblo, y esa noche todo el bar bebió a su costa, café, copa y puro por el hijo, por el hijo que heredará y ampliará el negocio familiar, por el hijo que aprenderá a seguir el rastro del jabalí, por el hijo que preservará el nombre, y la portada de la casa de su bisabuelo, por el hijo que no tendrá que dejar la escuela a los diez años, por el hijo que tendrá un título universitario y una televisión.
	Fue algo absurdo, imperdonable. El niño se deshidrató. Una bolsa de suero le hubiera salvado. Quizá sencillamente un poco más de agua con azúcar.
	Mi madre había estado a punto de morir en el parto. Durante tres meses, la tenacidad de mi tía la mayor, la que había heredado la taberna, fue necesaria para peleársela a la fiebre, a la infección que la devoraba. Pero los caldos de gallina y el desparpajo de mi tía, lenguaraz y chispeante, no eran capaces de traerla del otro lado del desconsuelo. La culpa le mordía el corazón tanto como el dolor le roía las entrañas. 
	Para cuando logró reponerse se había decidido, de forma completamente unilateral, que el mudarse a la capital era sólo cuestión de tiempo. De hecho, mi padre ya estaba medio instalado en una pensión, al frente del nuevo negocio.
	Quizá fuera sólo un esfuerzo por huir de sus fantasmas. Por no ver el cementerio a lo lejos, por conquistar su puesto de nuevo rico con escudo antiguo en una plaza más dura. Por demostrarse a sí mismo hasta qué punto era un animal mítico y casi fabuloso. 
	Y sin duda huía, también, de otro fantasma más insidioso e inconfesable. 
	Mi madre esperaba el traslado con una mezcla de sentimientos cruzados. Se acabarían las horas inacabables de espera, las eternas partidas de tute. Encontrarían nuevos amigos, frecuentarían algún club social como todas las parejas de recién casados con hijos-ya-mayores. Ella podría dejar la costura y estar al frente de la sección de tejidos de señora en el negocio de la capital. Tendría a su lado a su hija, para entonces una adolescente desgarbada.
	Pero iba a añorar las cortinas de terciopelo verde, la sensación de saberse árbitro del buen gusto local y las monedas en el bolso de su mandilón. Iba a añorar a esas chicas cuyas fotos de boda engrosaban ya el álbum familiar. Iba a añorar la nieve, y a su amiga la pescadera, cuyo marido era el chófer de mi padre, y con quien compartía los paseos por la carretera, a ver si se les ve venir. 
	No podía saber entonces hasta qué punto iba a añorar todo eso.



	Esta parte de la historia, susurrada apenas, mutilada, dolorosa como el contacto de una ortiga, recompuesta poco a poco, tejida con medias palabras… toda esta parte de la historia, digo, está poblada de ausencias y fantasmas, de lagunas y pozos negros, y sólo fue narrada en su integridad muchos años más tarde, en un vaporetto que cruzaba el Gran Canal. Era una escenografía perfecta.
	Y así supe que el nuevo embarazo de mi madre nunca fue mencionado hasta que resultó demasiado evidente. La elocuencia de ese silencio sólo es comparable a la expresión del rostro de mi madre, en la única foto que se conserva de mi bautizo. Mater dolorosa. Ella aparece vestida de negro, de luto una vez más por alguno de sus hermanos. La cabeza cubierta con un velo negro, porque aún no se había convocado el Vaticano II. Entre sus brazos un amasijo blanco de puntillas y encajes. Nadie más aparece en la foto.
	Mi padre, huyendo de su fantasma más oscuro, acusó a mi madre de haberle sido infiel. Las noches de parranda y tute se extendían más allá de los nueve meses, se extendían mucho más allá, hasta el momento preciso en que su hijo se le había muerto entre los brazos. Con él había muerto la esperanza de preservar el escudo del bisabuelo y el negocio familiar, con él había muerto la esperanza de un futuro con nombre de varón.
	A través del cordón umbilical recibí tanta sangre como lágrimas.
	Los empleados del negocio familiar eran igual de buenos para ir de juerga que el capitán de la guardia civil, el médico o el pescadero. Cuando la cajera llegaba por la mañana a abrir la tienda, a menudo encontraba a mi padre, dormido y derrotado, sobre las piezas de la pañería. El bolso del mandilón de mi madre estaba vacío. La sala del piso de barrio seguía luciendo las mismas cortinas de terciopelo verde, pero tenían un aspecto más raído. Los días se le iban transportando el carbón para la cocina económica, guisando y limpiando, y su trayecto más largo era el paseo hasta el colegio, cada tarde, para recoger a mi hermana. Subía la cuesta de la catedral con las piernas hinchadas y el vientre pesado.
	Cuentan que al cabo de quince días empecé a negarme a mamar. Escondía obstinadamente mi cabeza diminuta en la axila de mi madre, y me negaba a mamar.
	Supongo, afirmo con la certeza del olvido absoluto, que desde siempre lo supe todo. Las innumerables fotos que se conservan de mí, desde el momento de mi nacimiento hasta hoy, muestran los mismos ojos. Y sí, ciertamente están llenos de luz. Con el brillo de quien puede orientarse en la oscuridad. 




Mi hermana y yo

 	Lo que nunca pudimos perdonarle, en realidad, es que no fuera capaz de entender que el futuro se escribía con nombre de mujer. Mi padre no tardó mucho tiempo en rendierse a mis mudos encantos de bebé sonriente, pero jamás recibí un elogio de sus labios. Ninguna de las tres lo recibimos nunca. Da igual lo que hubiéramos podido hacer, conseguir, pelear. Todo se lo debíamos a su infinita munificencia, todos nuestros logros se remontaban en último término al momento en que él había cambiado los libros por los sacos de harina.
	Sobre las aguas del Gran Canal escuché la historia de cómo mi tía la mayor y mi tía la maestra se habían unido clamando una separación.
	Y mi hermana, la desgarbada adolescente que había intuido que yo estaba ahí desde antes de ser nombrada, mucho antes de que la barriga de mi madre se hiciera demasiado evidente, se aferró a mí y cerró la puerta con llave, y lloró rezando para que no nos separasen, y debió llorar lo bastante como para que mi madre, que nunca había querido ser ni había sido nada más que una mujer decente, aceptara cargar con su cruz para el resto de sus días.
	¿Y quién soy yo para reprochárselo?
	Soy la hija de sus angustias, la hija de sus dolores. Aunque mi nacimiento le curase definitivamente la jaqueca que había sufrido de por vida. A través de su piel recibí su pena, las caricias que no me hizo fueron tantas como las que ella dejó de recibir. Durante toda mi infancia fui huérfana de madre. Y también de padre. 
	No tiene nada de extraño, por tanto, que me salieran granos, me entrase diarrea o me subiera la fiebre cada vez que al reanudarse el trimestre mi hermana volvía a la universidad.
	Mi hermana, un ser adornado con todos los atributos de una distancia tan grande como la que nos separa de Dios. La hermana que a los tres años me convirtió en hija única huérfana de padre y madre. Mi hermana, a quien están ligados muchos de mis mejores recuerdos de infancia. Por ejemplo, el caminar por la calle cogidas de la mano, cantando “Nosotros somos quien somos”. Porque por supuesto ella militaba en el PC desde que llegó a la universidad. Y su advertencia: “No cantes nunca esta canción delante de papá ni de los grises”.
	De ella recibía todas las caricias, todos los besos y regalos inolvidables, como un juego de moldear de pasta de papel, una cuna de mimbre con sábanas bordadas para mi muñeca favorita y, sobre todo y por encima de todo, mis primeros libros. Marcelino Pan y Vino. Los cuentos de las buenas noches. Pinocho.
	Y más tarde, fueron los pocos libros suyos que quedaron en casa los que sustituyeron al padre Coloma, con sus relatos moralizantes y edulcorados, que hablaban de la rancia aristocracia sevillana y la burguesía de Madrid. Torcuato Luca de Tena, José María Gironella y Boris Pasternak desfilaron ante mis ojos junto a Miguel Hernández, García Márquez y Unamuno.
	Fui una lectora precoz e insaciable. Desde que nos habíamos mudado al centro y mi madre había re-abierto su taller de corte, mi horizonte vital transcurría en un espacio mínimo, entre cajas de botones e hilos, cremalleras y entretelas.
	Sólo la magia de la letra impresa era capaz de arrancarme de allí. De las otras letras, y los juicios que amenazaban con arruinar a mi padre, embarcado en un negocio que no supo dominar. De las lágrimas que durante dos años mi madre derramó cada semana, después de que mi hermana se hubiera metido a monja, como la hija de Don Juan de Alba. Y sin siquiera el consuelo de un vestido blanco como el de una novia.
	Mi hermana, a quien sus votos de pobreza, castidad y obediencia situaron más allá del bien y del mal. Sus juicios pesaban como losas sobre mi cabeza, generalmente, en sus escasas visitas, lo único que recibían mis pelillos rubios fuera una lluvia de besos.
	A los doce años ya había llegado a la conclusión de que el ser humano (miento, adapto: el hombre) no es un animal racional, sino sentimental. Y con relación al cangrejo, o al gato, un animal enfermo por definición. (¿Lo ves, Susanita querida?) Hablaba un lenguaje extraño al de los niños y niñas de mi edad. Cuando tenía nueve años me enviaron a casa de unos primos durante el verano. Al volver, le comuniqué a mi madre al oído, con mucho misterio, un secreto recién descubierto: que los hermanos se pegaban entre sí. 
	Sólo en el pueblo disfrutaba de los placeres de la relación con otras niñas. Liberada de toda disciplina se me distendía el alma, y afloraba otro ser más salvaje, el “tormento” así nombrado por mi tía la mayor, a la que adoré sin medida hasta el día en que descubrí que no era mi verdadera abuela. A su sombra discurrían las siestas del verano, de las que despertaba para ir a trillar a la era como las demás, con la diferencia de que para mí era una vida de ida y vuelta, que terminaba con la matanza del cerdo y las nueces tostadas en el horno de la cocina de leña.
	Qué largo era entonces el tiempo. En mi otra casa de vacaciones, la de mi tía la maestra, recuerdo mañanas enteras de mirar el cielo, y seguir a los pájaros desde una hamaca en el jardín. Y los inviernos eternos, de nieve y frío, en los que yo era la única niña en la clase que sobrevivía misteriosamente a gripes y catarros. Sólo recuerdo tres días de anginas, que se convirtieron en un siglo, y una infección en el intestino que me hizo odiar para siempre jamás el arroz blanco.
	Nunca fui una niña feliz. Tampoco especialmente desgraciada. Pero no me reía tanto como las otras, no participaba en sus juegos, no sabía saltar a la goma ni jugar a las cartas de familias. Las anotaciones de mis profesoras, bajo la larga fila de sobresalientes y notables, sugerían siempre que se debían vigilar mis lecturas, que había de ayudarme a ser más tranquila, a no vivir tan intensamente mis sentimientos. 
	Y es que yo vivía con angustia una doble vida, que me convertía en una pequeña tirana al cruzar la puerta de mi casa y me colocaba sonriente en el umbral. En mi interior habitaba un monstruo lleno de rabia, de furia incontrolable, que sólo ellos conocían. Especialmente, mi madre, que no era capaz de dominar mi rebeldía, mis arrebatos de llanto seco y mis malas contestaciones.
	Muchos años después, muchísimos, al ver como por primera vez la versión cinematográfica de Jane Eyre de Orson Wells, recordé con claridad, con terror casi, la enorme impresión que en algún momento olvidado de mi infancia me había producido la escena en la que Jane, subida sobre una banqueta y rodeada de sus compañeras y maestras, es acusada de ser un monstruo de rebeldía y doblez.
	Ese era también mi rostro invisible, y nada me asustaba más que la posibilidad de que un día aflorase a la superficie, quedara suelto a la vista de todo el mundo, expuesto al exterior.
	Ni siquiera mi hermana debía verlo.
	Era un secreto entre mi madre y yo.
	Mi madre y yo sabemos cuánta rabia se puede esconder tras una sonrisa complaciente. Cuánto odio tras la mirada constante y la palabra precisa. Cuánta furia tras el impecable saber estar.
	Estos son algunos de los secretos que compartimos.
	Porque ¿cómo podrían ser mías la rabia, el odio, la furia, a los cinco, a los siete, a los trece años?
	Hay rincones oscuros que la ironía no alcanza a iluminar. Hay silencios espesos que mis ojos no pueden atravesar. Hay historias que nunca he vivido. Y que sin embargo están ahí, surgiendo de las sombras, de una memoria que no es mía. Y que sin embargo es lo único que poseo en propiedad proindivisa. Hay dolores más antiguos que yo, que se infiltraron en mi herencia genética y de los que no he aprendido todavía a liberarme. 
	Hay secretos que jamás deberían permancer entre una madre y su hija.

***
Marta Sofía López Rodríguez nació en León, España, en 1966. Es doctora en Filología Inglesa y enseña literatura contemporánea, femenina y postcolonial en la Universidad de León. Tiene numerosas publicaciones de carácter académico y la plaquette Memorias de familia (fragmento) Mi padre, que ha publicado la Editorial Campana de Nueva York. De la interacción entre sus búsquedas personales y su trayectoria personal, surge su creación literaria, en un intento por explicar su “yo” como un entramado de factores familiares, sociológicos e históricos.


LATINO ARTISTS ROUND TABLE