ORIGEN FINAL (Fragmento de novela)
Alejandro Varderi
						
		perquè no sempre vivim allà on som
						(Maria Aurèlia Capmany)

	Rosita Ribot abrió los ojos sobresaltada. Un ai! al cor se había instalado en ella hacía ya mucho tiempo: demasiado, quizás, para poder contenerlo con propiedad. Se llevó la mano al pecho, no obstante, y asistió con la misma angustia de todos los días al forcejeo de su hijo con la cerradura, seguido de un golpe seco producido por el choque de la puerta contra la pared. Otro golpe, aunque menos estridente, vino con la puerta al cerrarse; y en la lentitud, el vacilar de Lluis camino al cuarto, adivinó que llegaba peor de lo acostumbrado. Rosita se incorporó trabajosamente, y mientras se ponía la bata, ladeó el rostro hacia la cama contigua donde Pere roncaba apaciblemente.
	Durante treinta y cinco años, Rosita se había preguntado por la insistencia con la cual su marido roncaba cada noche, siempre con la boca abierta, que al distenderse para respirar agitaba de un modo muy particular la lengua, en cuyas contorsiones inexplicablemente Rosita había siempre imaginado los encogimientos de su propio corazón, producto de los incontables sobresaltos experimentados desde el día cuando, en la sala de fiestas Verdi de Gràcia, vio a Pere abrir por primera vez la boca para invitarla a bailar.
	"'Senyoreta què voldrie ballar amb mi?' me dijo, enseñándome los dientes más blancos que había visto yo en mi vida; unos dientes que me encandilaron hasta no alcanzar ya a ver sino aquel esplendor. Y bailamos, sí, y tanto que bailamos. A mí me gustaba mucho bailar de joven. Con la Pilar y la Carmeta, quien después se fue a México donde se había exilado su padre, acudíamos el domingo en la mañana a la Ciutadella a bailar sardanes amb les espardenyetes blanques, y en la tarde nos íbamos a bailar agarrao al Bahía, el Marfil, el Vienés, el Verdi... teníamos la mar de pretendientes; todos bien catalanes, por supuesto, pues era lo primero que me preguntaba la mare: 'què és català aquest noi?' Y yo, sí mare, sí... pobre mare, tanto sufrir; que si las colas y el racionamiento y la represión; y nosotras en el colegio venga rezar: doctrina, catecismo, ejercicios espirituales, y a cantar el 'Cara al sol' tres veces al día: '¡España! ¡Viva España!' decía el director, '¡Viva!' teníamos que repetir a coro... pero había pasado la guerra y el hambre, y en casa empezamos finalmente a ser felices.
	Llevaba yo saliendo con Pere seis meses cuando, un día, en la Vinya de Montserrat debajo de un cerezo florido me dijo que se iba a Venezuela. Y yo le pregunté, vols dir? y él que sí, que sí, que me embarco con Carlos para Venezuela; y que si los asuntos marchaban bien me pediría y nos casaríamos. Yo estaba en las nubes, me lo creía todo. Habló con mis padres i tot això. Su madre em va tractar com si ja fos la seva jove; no sé por qué cambió tanto luego... celos quizás, pues me hizo la vida imposible. En fin, pobre mujer, que Déu l'hagi perdonada... Nos escribimos por año y medio, y mientras tanto yo empecé a arreglarme los papeles. Necesitaba permiso del obispado, del juzgado, de la iglesia; tuve que hacerme cantidad de exámenes médicos para ir, y como son las cosas, después entraron indocumentados de todas partes sin ningún control, llenos de sífilis y otras enfermedades. Y es que aquella inmigración nuestra fue la que dio más fruto. Nosotros fuimos de los pocos que hicimos algo por aquel país, per que la resta no ha fet mai més rès. 
	Total, cuando tuve los papeles arreglados me casé por poderes, cerca de casa, en la capella de Marcús. Planeamos la ceremonia como si hubiese estado Pere, y mi primo hizo de novio 'in absentia del susodicho' va dir el capellà. La familia en pleno vino a la boda: els oncles de Sant Martí i els d'Horta, la tieta del carrer Jovellanos, el primo Ferran y los demás parientes de Pere. Hasta su padre, el senyor Josep, va vindre a pesar de que mi suegra no le dirigió la palabra ni en la iglesia ni en el banquete: un almuerzo muy completo en el restaurant Costa Brava de la Via Laietana hicimos. Con los papeles del matrimonio Pere me reclamó y yo me puse a organizar el viaje. Mi suegra no me dejaba ni a sol ni sombra; incluso me tuve que ir a vivir con ella el último mes per ajudar-li a triar el que volie endur-se, pues quería trasladarse con la casa completa: ¡hasta el colchón terminó llevándose!
	Del viaje sólo recuerdo que el barco se movía mucho. Al fin desembarcamos en la Guaira, con veinte bultos y ¡un mareo que tenía yo! Mi baúl no llegó bien: cuando lo estaban descargando se soltó de la grúa y cayó al suelo. Todo se rompió en el baúl de los recuerdos: un juego de tocador molt maco que me había regalado la esposa del dueño de la compañía de productos farmacéuticos donde trabajaba, la vajilla y las figuritas de loza de la abuela Rossén, un juego de café chino que le dieron a mi suegra cuando se casó, una muñeca de porcelana vestida de catalana que su hermana me obsequió: menos mal que nada le pasó a la que l'oncle Lluis, que Déu el tingui a la seva gloria, me dio antes de irse a la guerra. 
	Pere y Max nos estaban esperando con una camioneta para poder subir el equipaje. ¡Un calor hacía! Aquello sí era otro mundo: yo veía gente de todos colores y me agarró un poco de miedo, pero, bueno, me fui acostumbrando. Al llegar a Caracas volví a marearme, pues Max me dio una cubalibre: yo creí que era cocacola, y resulta que me había puesto medio vaso de ron... fue en octubre; octubre del cincuenta y siete, y el veintitrés de enero cayó Pérez Jiménez.
	Nosotros vivíamos detrás del palacio blanco y vimos pasar los tanques y los aviones, a la gente gritando. Mare meva on t'hi arrivat! pensaba yo, viéndome metida en otra guerra civil. Ya me quería ir, volver a Barcelona. Nos sentamos en el suelo a esperar, pues no se podía salir de casa. Por suerte, en el edificio teníamos un colmado de portugueses: ellos abrían una puertita y nos dejaban entrar. También los vecinos venezolanos eran muy amables: 'doñita no se preocupe' me decían, y yo, ¡pues claro que me preocupo! a ver si nos caía una bomba y teníamos otra vez que correr. Pero no, nada de eso pasó, y pronto me di cuenta de que las costumbres tenían mucho en común con las nuestras. Había restaurantes españoles, y pastelerías donde podíamos comprar el domingo un tortell de nata, después de ir a escuchar algún concierto en el Aula Magna de la Universidad Central; y caminábamos entonces por Sabana Grande, pues aquello era el gran paseo: todo el mundo iba a Sabana Grande; me recordaba un poco la Rambla, pero en vez de tener los pájaros enjaulados, estaban sueltos por los árboles. 
	Si íbamos a la intermediaria del Broadway, bajábamos después hasta las Mercedes para comernos unos churrascos amb una amanida, que tot plegat no nos costaba ni veinte bolívares, señor. ¡Y una paz! Se podía salir sin peligro a cualquier hora. A nosotros nos gustaba mucho el cine, y amb els Claret i els Font nos encontrábamos en la sesión de medianoche del Metropolitano, donde los hombres iban con paltó y corbata por respeto a las damas... ¡qué tiempos! Después paseábamos a pie tan tranquilos en el Silencio a las dos de la mañana; con aquellas torres dominándolo todo, y unos bloques de edificios que me recordaban un poco els del nostre Eixample, pues tenían por dentro árboles y plantas aunque, claro, eran mucho más modernos".
	Rosita se asomó a la ventana desde donde se distinguían los patios de las casas contiguas; muchos de ellos cubiertos por el cemento y las claraboyas alquitranadas, entre cuyas formas surgía esporádicamente un punto de color, proveniente de algunos tiestos con flores como todo remanente de lo que una vez fueron jardines.
	"Sí, allí todo era muy moderno, muy blanco, con mucha luz; sense pudors de bullit ni estas humedades que me tienen la artritis alborotada hasta no poder ya casi ni moverme, mare de déu! Aquello era otra cosa. Yo llegué con mucha ilusión; con pena también porque dejaba els pares, mis hermanas; pero contenta. Al principio a mí me encantó tot de seguida. En seguida me sentí bien; me gustó todo: el ambiente, la gente. ¡Lástima que todo cambió tanto después!
	Rosita Ribot salió del cuarto y fue recogiendo, con gran esfuerzo del suelo, la ropa que su hijo había ido quitándose al llegar. Entró en la cocina a fin de meterla en la lavadora, y aprovechó para limpiar los restos de comida que él había dejado sobre el mármol de la repisa antes de acostarse. Rosita siempre le dejaba un plato junto al hornillo, pues sabía que Lluis llegaba hambriento de la calle.
	"Era otra Venezuela... Entonces nos dio por ir en carpa a cualquier playa. Y es que, claro, la gasolina iba a diez céntimos el litro, y el coche era como una casa: esos coches grandiosos donde cabía todo. Nos llevábamos comida, gaveras con hielo, el ron, las cocacolas, una batería y cables para la luz y, venga, ¡a la playa! Recuerdo, recién llegada, por Arrecifes vimos a Pérez Jiménez en su lancha saludando a todo el mundo; un señor de lo más normal se veía. ¡Y tantas cosas que hizo! autopistas, hoteles, telesféricos, puentes... y para de contar, que con poco dinero ibas al mercado y comprabas tots els queviures per la setmana".
	Rosita se dispuso a lavar los platos y vasos de Lluis, aunque no directamente bajo el chorro, sino poniéndolos en un balde donde los iba enjabonando, para después abrir un poco el grifo y enjuagarlos rápidamente. De este modo gastaba un mínimo de agua, y su gesto se convertía en una prueba más de aquel principio de ahorro que la postguerra le había inculcado, y ella nunca dejó de ejercer a pesar de los años de prosperidad vividos en Caracas, y de la opulencia que exhibía la Barcelona olímpica.
	Rosita fue hacia el comedor y guardó los discos que Pere había dejado sobre la mesa la noche anterior: Glenn Miller, Ella Fitzgerald, Bennie Goodman seguían acompañando, de Pere, los momentos cuando algún evento transcendental alteraba su rutina y le sacudía los hábitos. Los había puesto cuando Rosita le anunció que estaba en cinta de Nicolás; los había puesto cuando supo que su primer hijo era, además, varón; los había puesto cuando Rosita, Nicolás pequeño y Lluis recién nacido, regresaron de Barcelona, tras el fracaso de otro de sus múltiples intentos por volver a radicarse allí; los había puesto cuando se mudaron finalmente a la casa que, durante varios años, estuvieron construyéndose en las Terrazas del Club Hípico; los había puesto cuando Nicolás entró –el primer universitario de la familia– en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello; los había puesto cuando le avisaron del fallecimiento de su padre en circunstancias poco decorosas para la sociedad bien pensante; los había puesto cuando a Lluis le diagnosticaron la misma esquizofrenia que confinó a su tía Núria, aún adolescente, en un sanatorio de por vida; los había puesto al enterarse del suicidio de su primo Ferran; los había puesto, en fin, al regresar ese día del cementerio donde habían llevado las cenizas de su madre Carme Ribot.
	Rosita abrió un cajón del aparador y sacó el archivador donde conservaba los recuerdos de bautizos, confirmaciones, primeras comuniones, bodas, entierros; así como las cartas que los Font enviaban periódicamente desde Caracas, y los Vernet desde Miami o, más recientemente, Arizona. Al guardar el recordatorio del sepelio de Carme Ribot, Rosita decidió volver a la mecedora y releer fragmentos de aquella correspondencia; pues como la de los Ribot y los Grau en el pasado, era el único referente posible para reconstruir la vida que transcurría sin ella al otro lado del Atlántico.
	Todo por aquí parece tranquilo, aunque las cosas están cambiando mucho ya que los carros cuestan 1.300.000 Bs. os lo escribo ¡un millón! Un caucho 3.000 Bs. y un T.V., antes de los aumentos, 120 mil, y en estos momentos no sé. No hay arroz ni caraotas ni aceite de comer ni papel toilet ni jabón en polvo, en fin, estamos como en Beirut o cualquier otro sitio asolado por la guerra; aunque aquí nunca se sabrá los muertos que hubo este mes de febrero.	
	... y también os diré que me encantan los centros comerciales, que aquí se llaman shopping centers (se pronuncia como xòping) y son una maravilla porque hay de todo; no como en Caracas que estaban tan feos últimamente. Pero ¿sabes lo que más le impresionó a mi mamá? las distancias entre un lugar y otro. Parece mentira, también mi papá quedó desorientado con eso; tal vez será que, en Caracas todo está más cercano por ser la ciudad más pequeña, y aquí esto es grandísimo y se consigue de todo pero no está nada cerca. Mi mamá se horroriza, pues de un shopping center a otro (¿os dije que se pronuncia xòping? no recuerdo) muchas veces hay más de 15 millas; y para mí es normal ya que para visitar a mis clientes, a veces hago más millas entre uno y otro. Así es que cuando voy de compras, lo menos que miro son las millas. En realidad, la asombrada soy yo con sus reacciones; ya que para mí eso en vez de traumático me da sensación de libertad. Tal vez será que me encanta manejar, y disfruto los trayectos en "el palomito", que es como bauticé a mi camaro por ser de color blanco.
	... pero lo peor es que han vuelto los disturbios en el interior y manifestaciones en Caracas. Y no es para menos, pues la vida está imposible. Para poneros un ejemplo: nuestro gasto mensual está en 40.000 Bs. y eso sin extras, pues si vamos a la Montserratina a comprar los embutidos catalanes, o si salimos a comer fuera, eso es aparte del presupuesto. Ya me dirás cómo hace la gente; pues el que más gana tiene un sueldo de 10.000 ó 20.000 Bs. máximo, y la gran mayoría de la población está muy por debajo de los sueldos mencionados. Nosotros, gracias a la mueblería, vamos tirando. Max, Carlos, Giusseppe y otros amigos no tienen problema, pues reciben sus intereses de lo que tienen invertido afuera, pero no es el caso. Un amigo de mi hijo, que es ingeniero y soltero, le comentó que tiene varios meses comiendo plátanos, arroz y espaguetis, pues casi no se consiguen caraotas, y él no puede pagar el precio de la carne o pescado. Parece mentira a dónde ha llegado el país.
	... aunque no sé si os comenté que nos ascendieron en el cargo. No nos podemos quejar pues esta compañía, Kansas Central Insurance Co., es una de las más estrictas, por no decir la más; inclusive para entrar en ella tienes que ir recomendado por un Regional Manager, y con un buen currículum y magnífico récord, y es bien dura para los ascensos. Sin embargo, desde que entramos hace un año y tres meses, hemos tenido tres ascensos: para daros una idea, normalmente tienes que estar entre 2 y 3 años, y con muy buen récord de comportamiento y venta, a fin de que te den el primero. Lo único malo es que, por estar en nuestro último nivel de ascenso, en cuanto a comisión es ridículo, pues ésta ya es muy alta; pero de todas maneras no vienen mal unos dolaritos más en cada venta. También tenemos una invitación para ir a los seminarios de mejoramiento profesional y técnico, con todos los gastos pagados por una semana, en la casa matriz que está en la ciudad de Kansas en el estado de Kansas: bastante lejos de aquí, por supuesto. Será una bonita experiencia, pues además de lo que se aprende, uno se relaciona con profesionales que ya llevan muchos años en el mercado. El 95% de ellos, o más, es americano, pues los latinos es difícil encontrarlos en ese medio; pero no por discriminación, como alegan ellos para disculpar su irresponsabilidad -cosa que el americano no perdona.
	Aquí el proceso de adaptación es muy difícil y para mi papá fue imposible, pero por otro factor que se tenía muy bien guardado. Resulta que a mis años me vengo a enterar de que tengo un hermano de quince, y para postre morenito, por no decir negro. Y ese fue su apuro en regresar a Venezuela, pues la mamá del niño enfermó de cáncer y le quedaba poco tiempo de vida, y papá estaba aterrado de que el niño quedara abandonado; aunque cuando nació le compró un apartamento a su nombre, que es donde vivió todos estos años, y lo reconoció dándole su apellido, y por supuesto costeó todos sus gastos de manutención y escuela. Al poco tiempo de estar mis papás nuevamente en Caracas, la madre murió y papá empezó a llevar al niño a casa, con la excusa de que era un huerfanito y quería protegerlo. Lo hizo tan bien que nadie sospechó nada, hasta que un día se descubrió todo el embrollo. Mi mamá estuvo a punto de dejarlo, pero al final lo perdonó.
	Por cierto que, en estos días, han estado en Miami de vacaciones con los Vernet, Max y Nuria, y ellos están bien, pero aquí en Caracas hay una inseguridad que da miedo ir por las calles, pues te atracan y roban, y nadie se atreve a salir de noche. Para que os deis cuenta de lo mal que está todo, hace ocho días nos llamó Max para darnos la mala noticia de que habían entrado unos atracadores en el taller que tenía con Ignasi, y éste al abrir el taller esa mañana, se encontró con que ya estaban dentro. Le hicieron abrir la caja fuerte, y entonces le dispararon dos tiros, y el pobre Ignasi fue asesinado a sangre fría. Figuraos la sorpresa nuestra al enterarnos. Yo me quedé de una pieza. No os podéis imaginar lo que nos afectó esta noticia, ya que eran muchos años de amistad, y l'Ignasi era un tipo muy simpático y buena persona. Por supuesto, después de esto, Max ha decidido liquidar el negocio y creo que están pensando en volver a Tarragona a vivir. Así que no se os ocurra regresar a Caracas, aunque si venís de vacaciones, ya sabéis que nos daréis una alegría.
	En Caracas vivía con un constante estrés, pero desde que vinimos a Arizona el estrés ha desaparecido como por arte de magia. Me siento otra, y Antoni se ha recuperado mucho después de las depresiones que le dieron cuando María Eugenia, sin ninguna razón aparente, se fue de casa para vivir con mis papás. Y es que esta hija mía, siempre lo he dicho, su padre la consintió demasiado, y ya veis: lo sacrificamos todo por los hijos y fíjate cómo nos pagan. En fin, que paso a contaros algo que os vais a quedar sorprendidos: hace unos días me llamó Rosana desde Miami toda preocupada y angustiada; y sabéis por qué, pues la hija, Rosanita, quiso suicidarse y se tomó un montón de pastillas, y cuando la encontraron estaba en estado de coma. El motivo de por qué lo ha hecho, no lo sabemos pero ha sido muy fuerte. Ella hace un año que se separó de su marido, pero fue Rosanita quien solicitó la separación, pues hacía tiempo que su matrimonio no funcionaba. Todo fue bien, ya que parece que tiene otra pareja hace mucho tiempo, y según me dijo Rosana, todo le iba muy bien con su nueva pareja. Las niñas están muy bien, y la persona que está con ellas parece que es una relación muy estable, tiene un buen trabajo y francamente no sabemos qué motivo ha sido por el cual quiso suicidarse, ya que incluso dejó unas cartas para sus hijas y su pareja. En resumidas cuentas, que a Rosanita la han llevado a Miami para un tratamiento psiquiátrico, y ya veremos cómo acabará la historia.
	Rosita Ribot dejó las cartas a un lado y empezó a mecerse ante los cristales de la galería, empujada por la luz que entraba casi verticalmente desde el cielo tras rebotar por todos los patios vecinos. Hacía calor y pensó en aliviarlo con unas friegas de agua de colonia, al tiempo que consideraba la idea de preparar café para el desayuno de Pere, no el suyo; pues poco comía más allá de los bocados pellizcados mientras elaboraba aquellos platos que su madre le había enseñado a hacer, y el trópico aderezó añadiendo especias y transformando –con los cebollines, el ajoporro, los clavos de olor– el sabor de fricandós i sanfaines. Platos, todos, puestos a hacer de Rosita la anfitriona ideal, al momento de celebrar cumpleaños y fiestas de guardar que, como la nochebuena y el año viejo, habían casi siempre pasado en las playas de Puerto Azul y después Macuto donde, en la época de bonanza petrolera, habían con los Vernet comprado apartamentos contiguos junto al mar. De este modo els canelóns, el pollastre farcit y los turrones catalanes, se incorporaron a las hallacas, la ensalada de gallina y el bienmesabe criollos para fundar una sociedad nueva frente al Caribe.
	Una sociedad de la cual entonces sólo quedaban restos dispersos en puntos alejados entre sí; no sólo por el ritmo y las particularidades de cada paisaje, sino por el modo como sus integrantes se habían reinventado, al lanzarse a una diáspora, semejante a la que les llevó a América 35 años atrás. Pues si en el pasado fueron la represión e ignorancia lo que les hurtó su lugar dentro de España, eran la inseguridad personal y el descalabro económico lo que les arrebataba hoy aquellos espacios, caraqueños desaparecidos junto con las pastelerías, talleres de joyería, tapicerías, sastrerías y colmados de su juventud.
	Rosita Ribot se levantó de la mecedora y volvió a la habitación, parando ante el cuarto de Lluis para asegurarse de que no necesitara nada. Al entreabrir la puerta, observó que su hijo dormía profundamente, con lo cual intuyó que tenía ante sí varias horas de tranquilidad para poder despachar la domesticidad del día. Con suerte, quizás Lluis no despertaría hasta que hubiera vuelto de la compra y empezado a preparar el almuerzo. Entró a la habitación y se sentó frente al espejo del tocador. Destapó la botellita de colonia, y con el gesto de llevarse la mano al rostro, se descubrió ajena en la imagen que allí se reflejaba: como si ese rostro no le perteneciera; como si el suyo estuviera viviendo en otra parte. Cerró los ojos y se pasó un poco de colonia por las mejillas y el cuello; al abrirlos, encontró en el espejo los de Pere mirándola muy abiertos desde la cama.



Alejandro Varderi. Autor venezolano nacido en Caracas. Reside en la ciudad
de Nueva York donde se desempeña como profesor de español en BMCC, CUNY.
Obtuvo su doctorado en la Universidad de Nueva York y ha publicado tanto
creación como crítica. Entre sus libros de ficción se encuentran Para
repetir una mujer y Amantes y reverentes. Entre sus libros de ensayos se
hallan Anotaciones sobre el amor y el deseo, Severo Sarduy y Pedro
Almodóvar: del barroco al kitsch en la narrativa y el cine postmodernos y
Anatomía de una seducción, reescrituras de lo femenino. Acaba de concluir
su tercera novela “Origen final”, y la edición, junto con Nora Glickman, de
un libro sobre cine y literatura que lleva por título Connecting
Geographies: Cinematic Representations of Spanish and Latin American Themes.

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